
Ráfagas: Ana Karen, salación
PACHUCA, Hgo., 16 de julio de 2025.- Hay una verdad exenta de polémica: sin agua no hay vida. Civilizaciones milenarias y otras contemporáneas se establecieron en las márgenes de los ríos o en cuencas lacustres. Pero el valor del agua no siempre fue claro. Durante la colonia, la posesión de la tierra empezó a verse como fuente de poder, control y riqueza: la tierra se podía vender, el agua no. Se daba por hecho que el agua estaría disponible. En ese periodo, inició un desecamiento de ríos y lagos que culminó a finales del siglo pasado.
La tercera década del siglo XXI nos bombardea con información sobre el agua. Comprendemos que el calentamiento global y el cambio climático tienen alguna relación con el exceso de lluvias, que llega tras largos años de cruda sequía. Sabemos que muchos ríos y lagos ahora conducen aguas residuales, que algunas personas y algunas especies se ven afectadas por eso, que los océanos tienen islas de basura.
Pero no son las noticias o los hallazgos de los científicos, sino la lluvia pertinaz lo que nos obliga a darle otra dimensión y otra forma a nuestra relación con el agua. Como sociedad y en lo individual.
Las inundaciones provocan pérdidas económicas, el deterioro de la infraestructura, de los medios de transporte, la cancelación o el aplazamiento de actividades productivas. A la luz de estos hechos y con una cosmovisión gestada en el pasado colonial, las acciones que tomamos —como sociedad y en lo individual— se centran en deshacernos del agua que no recibimos entubada para su uso.
Pero sin agua no hay vida. Podemos relacionarnos con ella de otra manera: aprovecharla de manera sostenible, que es otra forma de decir respetuosa con el medio ambiente y empática con otros seres vivos, que la necesitan hoy y que lo harán en el futuro. En concreto, la propuesta es captar y sanear —como sociedad y en lo individual—, para reconducir y reincorporar el agua a ese ciclo natural que aprendimos en la escuela.
Como sociedad, hoy tenemos infraestructura que se deshace del agua pluvial y la diluye hasta evaporarla, como sucede con el caudal del Río de las Avenidas, que se pierde en algún llano mas allá de Téllez. La alternativa es dotar de infraestructura que capte el agua para generar energía limpia, que posibilite la recarga de los mantos acuíferos. Los parques aquí cumplirían un rol ecológico de primer orden. También es preciso elevar la tasa de saneamiento para reducir el traslado de agua en bloque desde sus fuentes naturales a las ciudades.
En lo individual, la recolección y reutilización de aguas grises es posible a través de tecnologías domésticas. Sembrar y cuidar un árbol es una acción que contribuye a dejar un impacto ambiental positivo o un legado ambiental, pero además es una forma de reconectar como seres vivos, a través del agua, con la tierra que nos sustenta.
Desde mi morral:
El estrés social, que hoy se convierte en violencia en las calles, es producto de la inseguridad y la falta de oportunidades.