Palabras y juicios irredentes
PACHUCA, Hgo., 20 de octubre de 2025.- En medio del lodo y las ruinas que dejaron las inundaciones en Hidalgo, el silencio de los niños dice más que las palabras. No sólo se perdieron casas y escuelas; también se fracturaron los espacios simbólicos que daban sentido al día a día. Lo que sigue no es únicamente la reconstrucción material, sino un proceso más profundo y silencioso: el duelo.
Durante años se enseñó que el duelo tenía etapas predecibles: negación, ira, negociación, depresión y aceptación, pero la realidad, especialmente en contextos de desastre, desmiente esa hipótesis. Como señalan los psicólogos clínicos y psiquiatras de emergencias, el duelo es un vaivén entre la pérdida y la reconstrucción. La psiquiatra Elena García Domínguez lo define con precisión: “un duelo sin cuerpo y sin pausa”. En comunidades devastadas, el tiempo para llorar no existe; la prioridad es sobrevivir, pero el dolor no desaparece: se enquista en el cuerpo, se convierte en insomnio, irritabilidad o apatía.
En Hidalgo, ese dolor tiene múltiples rostros. Hay un duelo material, la pérdida de casa, libros, juguetes; un duelo simbólico, que disuelve identidades (“yo me salvé”, “yo era maestra de esa escuela”) y certezas; y un duelo relacional, que rompe redes afectivas y comunitarias. Cada pérdida es una herida, y cada herida necesita ser nombrada.
Los desastres naturales no son naturales en sus consecuencias. Golpean con más fuerza a quienes ya viven en la precariedad. Las comunidades indígenas de la sierra hidalguense, asentadas en zonas de alto riesgo por necesidad, encarnan esta desigualdad estructural. Cuando el agua arrasa con sus hogares, también se lleva sus referentes culturales y su red emocional.
En estas familias, las mujeres madres, abuelas, maestras, se convierten en las principales cuidadoras del dolor ajeno. Como advierten los estudios de psicología comunitaria de la UAM-Xochimilco, ellas cargan con un “duelo triple”: el propio, el de sus hijos y el de la comunidad. Sin apoyo emocional, su fortaleza se erosiona, y con ella, el equilibrio de toda la familia.
Por otra parte, El duelo infantil no se mide en lágrimas, sino en gestos. El Dr. José Luis Sandoval, del Hospital Psiquiátrico Infantil “Juan N. Navarro”, lo resume con claridad: “No es el evento lo que traumatiza, sino la forma en que el adulto le da sentido.”
Cuando los adultos ofrecen contención y palabras, los niños pueden transformar el miedo en comprensión. Pero si lo que ven es desesperanza, aprenden el lenguaje del abandono.
Por eso, la escuela cumple un papel vital. La psicóloga educativa María Teresa Prieto Quezada sostiene que, tras un desastre, el aula deja de ser un espacio de enseñanza para convertirse en un contenedor del duelo. Allí los niños dibujan la pérdida, la representan en juegos o relatos. Restablecer clases sin atender este proceso es un error: primero hay que sanar el alma antes de enseñar la lección.
Por eso, sanar no implica sólo terapia individual. Implica reconocimiento, memoria y reparación. Las comunidades no necesitan compasión pasajera, sino políticas públicas que validen su dolor y restituyan su dignidad.
La reconstrucción emocional no se impone: se teje con paciencia. En Hidalgo, ese camino comienza cuando los niños pueden volver a jugar, cuando los adultos se permiten llorar, cuando la comunidad se organiza para limpiar, pintar o sembrar. Cada acto de cooperación es un gesto de sanación.
El bienestar infantil después del desastre depende tanto del refugio físico como del refugio emocional. Necesitamos escuelas que abracen, políticas públicas que acompañen y adultos que aprendan a escuchar. Porque sólo cuando el duelo encuentra un cauce compartido, la vida puede volver a florecer.
Las de chile seco
El dolor ajeno no se exhibe, se acompaña.
Las opiniones y conclusiones expresadas en el artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición de Quadratín.