Filosofía sin escrúpulos
PACHUCA, Hgo., 5 de enero de 2026.- La discusión pública sobre el financiamiento de las universidades normalmente se reduce a una frase muy simple: "nos dieron el mismo presupuesto que el año pasado". Sin embargo, como correctamente encuadra la nota de Excélsior del dos de enero de 2026, el problema es más profundo. El presupuesto de la educación superior no colapsa de un año a otro, sino que se ha venido debilitando gradualmente hasta generar un socavón entre las obligaciones institucionales y los recursos disponibles.
Durante más de una década, los presupuestos universitarios han mostrado incrementos nominales modestos. Sin embargo, estos aumentos apenas compensan la inflación, pues no consideran el crecimiento de la matrícula, ignoran el aumento real de costos energéticos, tecnológicos y de servicios, y mucho menos atienden pasivos históricos. En términos reales, la capacidad operativa de las universidades se ha reducido año con año.
En la mayoría de las universidades públicas, entre el 80% y 90% del presupuesto se destina a nómina y prestaciones, los incrementos salariales y contractuales son legales y no negociables, los contratos colectivos se firmaron en contextos financieros hoy inexistentes. Esto genera un efecto automático: cada nuevo ejercicio presupuestal deja menos margen para todo lo demás: Infraestructura, investigación, mantenimiento, innovación académica y expansión quedan subordinados a la sobrevivencia administrativa.
Desde el discurso público, las universidades han sido presionadas para: ampliar cobertura, abrir nuevos campus, diversificar programas, atender poblaciones históricamente excluidas. En muchas de las Universidades, se observan sistemas de pensiones no fondeados, compromisos de jubilación crecientes, ausencia de provisiones reales en el presupuesto anual. Estos pasivos no desaparecen, solo se trasladan al futuro, incrementando la presión estructural.
En Hidalgo, la realidad no es alejada del resto del país: el presupuesto programado de la Universidad Autónoma (UAEH) para 2026 (alrededor de 3,162 mdp, entre recursos federales y estatales) puede parecer suficiente a primera vista. Sin embargo, la mayor parte está comprometida desde el inicio del año, el margen para expansión académica es mínimo, la ampliación de cobertura no tiene respaldo financiero proporcional.
Pero las Universidades con mayor vulnerabilidad, son las tecnológicas, politécnicas, interculturales, quienes enfrentan un escenario aún más delicado: presupuestos pequeños (25-75 mdp), dependencia casi total del subsidio público, ingresos propios marginales, plantillas docentes jóvenes que pronto generarán compromisos laborales crecientes. Aquí, cualquier ajuste inflacionario impacta directamente la operación cotidiana. No hay colchón financiero ni margen de maniobra.
Por ello, la asfixia no es futura: es presente y acumulativa y frente a ella, muchas de las universidades más afectadas parecen haber optado por una estrategia silenciosa pero peligrosa: nadar de a muertito. No hay una gestión activa de la crisis, no hay visión de futuro ni acciones estructurales orientadas a fortalecer a la institución. La conducción se limita a resistir, a cumplir lo indispensable y a esperar que el problema no estalle en el corto plazo.
Y esto no necesariamente responde a mala fe, sino a algo más preocupante: la ausencia de capacidades para conducir universidades en escenarios de alta complejidad. No es que no quieran transformar, es que no saben cómo hacerlo.
De aquí surge una pregunta incómoda, pero inevitable: ¿la precariedad presupuestal en la educación superior, también se refleja en la precariedad de los perfiles que hoy la dirigen? Gobernar universidades en este contexto, no es un ejercicio administrativo menor, ni una posición para aprender sobre la marcha.
Las de chile seco
La universidad es para muchos, la antesala de la independencia económica. Así de importante.
Las opiniones y conclusiones expresadas en el artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición de Quadratín.