Columna Descomplicado
PACHUCA, Hgo., 16 de febrero de 2026.- Aún puedo cerrar los ojos y volver a ese instante: el primer día de clases, el uniforme limpio, el cuaderno en blanco, el murmullo del salón... y yo abriendo el libro de texto gratuito con una solemnidad casi religiosa. Lo olía. Sí, lo olía. Ese aroma a papel recién impreso no era banal; era la promesa tangible de que ese objeto me acompañaría todo el año y que, si lo seguía página por página, entendería un poco mejor el mundo. Había una confianza implícita: el libro sabía más que yo, y estaba diseñado para llevarme de la mano.
Hoy esa confianza se ha roto. No de golpe, sino por una erosión silenciosa que se ha vuelto evidente con las versiones actualizadas de los libros de texto. Por ello, resulta necesario centrar la discusión en la revisión y mejora de los materiales ya distribuidos. No entraré en temas ideológicos, me iré a lo básico: hay un problema técnico, pedagógico y profundamente estructural. Y en esa falla inicial, lo más grave ocurre donde menos se perdona el desorden: en las matemáticas.
La reforma presume interdisciplinariedad, proyectos comunitarios y contextualización social. Suena bien en el discurso. El problema es que la didáctica no se sostiene en slogans, sino en secuencias cognitivas precisas. Las matemáticas no se aprenden por ósmosis ni por buenas intenciones narrativas: se construyen paso a paso, con una serie de conceptos que se apoyan unos en otros como ladrillos. Si uno falla, la pared se viene abajo.
Por ejemplo, un niño puede discutir durante horas cómo repartir una pizza entre amigos y seguir sin entender por qué 1/2 es mayor que 1/4 Puede hablar de precios en el mercado y no saber estimar mentalmente cuánto costarán siete cuadernos de 18 pesos. Y cuando eso ocurre, no estamos frente a un "estilo distinto de aprendizaje"; estamos frente a un déficit en alfabetización numérica. Y ese déficit no es menor: limita la autonomía intelectual para interpretar la realidad cotidiana. Las matemáticas son el esqueleto del pensamiento crítico. Reducirlas a su mínima expresión es una falla enorme, de grandes dimensiones.
Así pues, un sistema educativo que produce generaciones que opinan sin poder cuantificar, sin razonar, sin análisis, sin encontrar el porqué de la cosas, es un sistema que debilita la razón. Pero, aquí no para el problema; se agrava más, con la sobrecarga narrativa. Los nuevos libros parecen obsesionados en contar historias, testimonios y relatos que el estudiante debe descifrar casi como un detective conceptual. La secuencia didáctica clásica que conocemos: activar saberes previos, presentar el concepto, ejercitar, transferir, evaluar, aparece fragmentada o simplemente ausente, invisible. Se salta de una anécdota comunitaria a un proyecto abierto sin que el concepto base haya sido consolidado. La pedagogía no puede reducirse a experiencias. Necesita estructura. Sin estructura, la experiencia se vuelve dispersión cognitiva.
La misma falta de estructura que impide consolidar operaciones y proporciones reaparece cuando los contenidos simbólicos, culturales y científicos se presentan sin un encuadre claro que permita al estudiante distinguir entre distintos tipos de saber. Pero quizá el caso más delicado y revelador, sea el del libro "Múltiples Lenguajes 6º". Nadie sensato negaría el valor cultural de incluir cosmovisiones indígenas, mitologías y tradiciones. El ejemplo del peyote es especialmente preocupante, donde se describen prácticas rituales asociadas a su consumo sin un encuadre claro sobre salud, legalidad y edad no es educación intercultural, es ambigüedad pedagógica. La escuela pública puede y debe enseñar sobre cosmovisiones indígenas con respeto antropológico, pero no puede hacerlo diluyendo criterios básicos de evidencia científica y responsabilidad sanitaria.
Las de chile seco
#Lacorreccióndeplana la harán nuestros maestros para reconstruir la secuencia conceptual que los libros no logran ofrecer.
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