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PACHUCA, Hgo., 1 de abril de 2026.- Durante la Semana Santa, millones de personas en todo el mundo optan por excluir la carne de su dieta; una práctica que, aunque se vive como una costumbre cultural en muchos hogares, tiene sus raíces en las normas y enseñanzas de la Iglesia Católica. Este gesto de abstinencia, centrado especialmente en el Viernes Santo, es uno de los pilares de la penitencia que marca el camino hacia la Pascua.
La obligatoriedad de esta práctica no es un simple consejo, sino que está integrada en el Código de Derecho Canónico, el conjunto de leyes que rige la disciplina eclesiástica. Este documento establece con claridad que los fieles deben practicar la abstinencia de carne tanto el Miércoles de Ceniza como el Viernes Santo.
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Renunciar a la carne de animales terrestres (como res, cerdo o pollo) posee un profundo valor simbólico dentro del cristianismo. Antiguamente, el consumo de carne estaba fuertemente asociado con los banquetes y las grandes celebraciones; por ello, dejar de consumirla en los días en que se recuerda la pasión de Cristo se interpreta como un acto de humildad, sacrificio y sencillez.
A pesar de la prohibición de carnes rojas y aves, la tradición permite el consumo de pescados y mariscos. Con el paso de los siglos, esta apertura permitió el nacimiento de una rica gastronomía de Cuaresma, con recetas tradicionales que hoy forman parte de la identidad culinaria de diversos países durante esta temporada.
Sin embargo, la Iglesia enfatiza que el verdadero propósito de la Semana Santa no radica únicamente en un cambio de menú. El objetivo de estas prácticas alimenticias es invitar a los fieles a un tiempo de oración, solidaridad y reflexión profunda, recordando que el centro de la fe cristiana es el significado espiritual de la entrega de Cristo, más allá de lo que se sirve en la mesa.