Filosofía sin escrúpulos
PACHUCA, Hgo., 29 de abril de 2026.- La reciente instalación de la Visitaduría Regional del Órgano de Evaluación del Desempeño Judicial en Pachuca no es un hecho menor. Representa, en esencia, un paso más en la transformación del sistema judicial mexicano hacia un modelo que exige no solo imparcialidad, sino también resultados medibles y rendición de cuentas.
Encabezado por figuras clave como Hugo Aguilar, ministro presidente de la Suprema Corte, y Rufino H. León Tovar, magistrado del Tribunal de Disciplina Judicial, el acto refleja una clara intención institucional: fortalecer los mecanismos de supervisión sobre jueces y funcionarios judiciales. En un país donde la percepción de la justicia ha estado históricamente cuestionada, este tipo de órganos parece responder a una demanda social legítima.
Sin embargo, la pregunta de fondo no es si se necesita vigilancia, sino cómo se ejerce. La línea entre evaluar el desempeño y presionar la función jurisdiccional puede ser más delgada de lo que parece. La independencia judicial —pilar del Estado de Derecho— no solo se protege de influencias externas, sino también de controles internos mal diseñados.
La creación de instancias como el Tribunal de Disciplina Judicial Federal y sus órganos auxiliares plantea un nuevo equilibrio: jueces más vigilados, pero también potencialmente más condicionados. ¿Puede un juez resolver con plena libertad si sabe que cada decisión será objeto de evaluación bajo criterios que aún no son del todo transparentes?
Por otro lado, no puede ignorarse el aspecto positivo. Una justicia sin evaluación es terreno fértil para la ineficiencia y la opacidad. La Visitaduría, bien implementada, podría convertirse en un instrumento clave para detectar rezagos, malas prácticas e incluso corrupción. En ese sentido, no es un mecanismo de control arbitrario, sino una herramienta de mejora institucional.
La presencia del gobernador Julio Menchaca añade otro matiz: la coordinación entre poderes. Aunque formalmente no implica subordinación, sí abre el debate sobre los límites de la interacción entre el poder político y el judicial en actos de esta naturaleza.
En conclusión, la Visitaduría no es, por sí misma, ni una amenaza ni una solución absoluta. Es un instrumento. Su impacto dependerá de algo mucho más complejo: la forma en que se utilice. Si se convierte en un mecanismo técnico, transparente y respetuoso de la autonomía judicial, será un avance. Si deriva en un instrumento de presión o control político, podría erosionar aquello que pretende fortalecer.
La justicia no solo debe ser evaluada; debe ser protegida. Y en ese delicado equilibrio se jugará el verdadero alcance de esta nueva etapa del Poder Judicial en México.
Por Antonio Márquez Hidalgo
Pdte. Barra Mexicana de Abogados del Estado de Hidalgo, A.C.
Las opiniones y conclusiones expresadas en el artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición de Quadratín.