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PACHUCA, Hgo., 2 de junio de 2026.- De General en retiro a acusado federal en Nueva York. La entrega del exsecretario de Seguridad de Sinaloa reabre el debate sobre cooperación judicial México–Estados Unidos y los límites del testimonio colaborador.
Gerardo Mérida Sánchez, General retirado del Ejército Mexicano, comandó las zonas militares de Michoacán, Oaxaca y Puebla, y se desempeñó como agregado militar en Chile. Entre septiembre de 2023 y diciembre de 2024 fungió como secretario de Seguridad Pública del estado de Sinaloa durante la administración del gobernador Rubén Rocha Moya.
A finales de abril de 2026, el Departamento de Justicia de Estados Unidos solicitó al Gobierno de México la detención con fines de extradición de Rocha Moya, Mérida Sánchez y otros ocho servidores públicos sinaloenses, por presuntos vínculos con el Cártel de Sinaloa.
La Fiscalía General de la República rechazó ejecutar las detenciones al considerar que la solicitud carecía de pruebas contundentes y no acreditaba la urgencia exigida por el tratado bilateral.
El 11 de mayo, Mérida Sánchez viajó de Hermosillo a Nogales, cruzó la Garita Internacional hacia Arizona y se puso voluntariamente bajo custodia del Servicio de Alguaciles de Estados Unidos (US Marshals). Posteriormente fue trasladado al Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn, Nueva York.
La acusación federal le imputa tres conductas: conspiración para importar narcóticos a Estados Unidos; posesión de ametralladoras y dispositivos destructivos; y cohecho, por presuntamente recibir 100 mil dólares mensuales, equivalentes a 1.7 millones de pesos, a cambio de filtrar información operativa al grupo conocido como Los Chapitos.
Ayer 1 de junio, se celebró su primera audiencia ante la Corte Federal del Distrito Sur de Nueva York, donde en tan solo 20 minutos, la jueza Katherine Polk Failla, indicó que hay mucha evidencia en el expediente, que otorgaba 60 días para analizar las pruebas, Gerardo Mérida se declaró no culpable en dicha diligencia.
Esto confirma que el caso avanza conforme a los tiempos ordinarios del procedimiento federal estadounidense.
Fuentes judiciales estadounidenses han señalado que la defensa de Mérida Sánchez explora un acuerdo de cooperación. De concretarse, el General
en retiro buscaría negociar su ingreso al Programa Federal de Protección de Testigos, a cambio de aportar información útil para procesar a Rocha Moya y a los demás coacusados que no colaboren.
En Estados Unidos, ese programa goza de alta credibilidad porque el testimonio se corrobora con prueba independiente, se otorgan nuevas identidades, reubicación y, en ocasiones, apoyo laboral. La lógica es utilitaria, sacrificar la persecución de un mando intermedio para alcanzar a los líderes de la organización.
México intentó un modelo similar durante el sexenio de Felipe Calderón. La entonces Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada (SIEDO) vigilo y convirtió a varios testigos protegidos.
El caso paradigmático fue el del informante con clave "Pitufo", detenido en 2008 como presunto integrante de Los Zetas e incorporado ese mismo año al programa con apoyo económico y resguardo de la PGR. Con el tiempo, sus declaraciones para incriminar a detenidos se volvieron inverosímiles y, al carecer de corroboración, los jueces federales comenzaron en 2013 a desestimarlas y a absolver a los procesados.
El colapso del esquema llevó a reformas legales en el año 2014 al Código Nacional de Procedimientos Penales que hoy exige que el testimonio del colaborador esté respaldado por otros medios de prueba, para evitar que la expectativa de beneficios incentive la falsedad.
Mientras en Nueva York el proceso contra Mérida Sánchez sigue su curso con apego a las garantías del debido proceso, en México la Fiscalía General de la República mantiene abierta una carpeta de investigación y ha citado a los señalados a rendir entrevista. La reserva ministerial, propia de la etapa inicial, impide conocer avances públicos.
El futuro del general en retiro es incierto. Si la información que ofrezca resulta verificable y sustantiva, su ingreso al programa de testigos podría fortalecer la acusación estadounidense contra el gobernador con licencia de Sinaloa. Si no, enfrentará un juicio con penas que van de diez años a cadena perpetua.
De confirmarse las imputaciones del Departamento de Justicia, se actualizaría, con amarga precisión, la frase atribuida al expresidente Álvaro Obregón: "No hay general que aguante un cañonazo de 50 mil pesos".
Más allá del aforismo, el caso Mérida Sánchez ilustra dos modelos de justicia penal: uno que condiciona la eficacia del testigo colaborador a la corroboración probatoria, y otro que, en el pasado, confió excesivamente en el dicho sin sustento. La diferencia explica por qué un mismo instrumento puede ser, en un país, palanca para desmantelar cúpulas criminales y, en otro, causa de impunidad.
Las opiniones y conclusiones expresadas en el artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición de Quadratín.