Números del Poder
PACHUCA, Hgo. 29 de junio del 2026.- Aunque no existe un padrón nacional que nos permita conocer con precisión la edad de cada plantel escolar ni el historial de mantenimiento que ha recibido a lo largo de su vida útil, basta recorrer cualquier municipio del país para encontrar escuelas construidas hace cuatro o cinco décadas que continúan funcionando todos los días.
La mayor expansión de la infraestructura educativa ocurrió entre las décadas de 1960 y 1980. Miles de aulas fueron levantadas para responder al crecimiento demográfico y ampliar el acceso a la educación. Según datos oficiales, tan solo en Hidalgo, al menos 31 escuelas fueron fundadas en 1960. En 1965, 29. Un total de 51, en 1970. En 1980, 80 escuelas fueron creadas. Sin contar las fundadas en los años de intervalo en las fechas mencionadas. Desde entonces, esas aulas han soportado sismos, lluvias torrenciales, huracanes, inundaciones, altas temperaturas y el desgaste natural de los materiales. Muchas han recibido únicamente reparaciones menores; otras, simplemente, han sobrevivido gracias al esfuerzo cotidiano de directivos, docentes y padres de familia.
La reciente actividad sísmica en Venezuela volvió a recordarnos que la vulnerabilidad de las escuelas no reconoce fronteras. Decenas de planteles resultaron afectados y miles de estudiantes vieron interrumpidas sus clases. Pero el mensaje va más allá de los países donde tiembla la tierra. Incluso en regiones con baja o nula actividad sísmica, las escuelas también envejecen; la humedad, el clima, el uso cotidiano y la falta de mantenimiento terminan deteriorando edificios que, con frecuencia, permanecen fuera de las prioridades públicas.
El terremoto de 1985 cambió para siempre la manera de entender la seguridad estructural en México. Décadas más tarde, los sismos del 7 y 19 de septiembre de 2017 volvieron a recordarnos la vulnerabilidad de nuestra infraestructura educativa. Cerca de 20 mil planteles escolares resultaron afectados en distintas entidades del país, principalmente en el Estado de México, Ciudad de México, Morelos, Puebla, Oaxaca, Chiapas, Guerrero, Tlaxcala, Veracruz e Hidalgo. Miles de escuelas presentaron daños menores y moderados, mientras que cientos registraron afectaciones graves que obligaron a su reconstrucción o rehabilitación integral.
También existen historias que rara vez llegan al debate nacional. Recuerdo el caso de la Escuela Primaria Benito Juárez, en el centro de Huejutla, Hidalgo. Durante algún tiempo, toda la comunidad académica acudía con mucho temor a ser lastimada. El deterioro del inmueble era tal, que un pedazo de concreto cayó sobre la cabeza de un estudiante. Se tuvo que mover a todos, a instalaciones prestadas. Finalmente, la escuela fue reconstruida. La decisión era inevitable: ninguna comunidad puede aceptar que asistir a clases implique poner en riesgo la integridad física de sus alumnos.
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Casos como este, obligan a mirar más allá de lo inmediato. La infraestructura escolar no debe atenderse únicamente después de una emergencia. La prevención siempre será menos costosa que la reconstrucción y, sobre todo, evitará pérdidas irreparables.
Hoy, además, existe un nuevo elemento que merece atención. El programa La Escuela es Nuestra ha fortalecido la participación de las comunidades escolares en la administración de recursos para mejorar sus planteles. Sin embargo, cuando las obras implican intervenciones en elementos estructurales, ampliaciones o nuevas construcciones, resulta indispensable garantizar el acompañamiento de especialistas, la supervisión técnica y el estricto cumplimiento de las normas de construcción. La participación social y la seguridad estructural no son objetivos opuestos; deben ser complementarios.
Las lluvias son más intensas, las olas de calor más prolongadas y los eventos naturales más frecuentes. En ese contexto, los edificios escolares envejecidos representan un desafío que no puede seguir postergándose. Y precisamente ahí comienza el problema, la educación del siglo XXI no puede sostenerse sobre infraestructura del siglo pasado sin una evaluación permanente de sus condiciones físicas.
Las de chile seco
¿Cuántas escuelas en prioridad uno?
Las opiniones y conclusiones expresadas en el artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición de Quadratín.