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PACHUCA, Hgo., 06 de julio de 2026.- No todos los Mundiales se viven igual. Este ha sido distinto para México. No solo porque el país volvió a ser sede de la mayor fiesta del fútbol por tercera ocasión -un hecho sin precedentes-, sino porque, durante varias semanas, millones de mexicanos encontraron en la Selección un motivo para ilusionarse y sentirse parte de una misma historia.
Las calles se pintaron de verde, blanco y rojo. Los horarios laborales se modificaron, en las escuelas les dieron libertad de faltar, los restaurantes instalaron pantallas y familias enteras reorganizaron sus rutinas alrededor de un balón. Durante noventa minutos, parecía que México dejaba de ser el país de las diferencias para convertirse en una sola voz.
El fútbol consiguió, aunque fuera de manera efímera, algo que pocas instituciones logran: reunir al país bajo una misma emoción.
No importaba si alguien vivía en una comunidad sin agua potable o en un fraccionamiento con todos los servicios; si era empresario o jornalero, estudiante o jubilado. Durante el Mundial, las fronteras sociales parecían difuminarse y el "nosotros" sustituía, aunque fuera por unos días, al "yo".
Los triunfos de la Selección llegaron como una pausa emocional para un país acostumbrado a convivir con la violencia, la corrupción, la impunidad y la incertidumbre. Los problemas nunca desaparecieron; simplemente dejaron de ocupar el centro de nuestra atención.
La sociología lleva más de un siglo intentando explicar por qué ciertos acontecimientos deportivos movilizan emocionalmente a sociedades enteras. Émile Durkheim llamó a ese fenómeno "efervescencia colectiva": el instante en que miles o millones de personas experimentan simultáneamente una misma emoción y fortalecen su sentido de pertenencia.
Basta observar cualquier plaza pública durante un partido importante. El comerciante abraza al profesionista, el policía celebra junto al estudiante y el vecino al que nunca se saluda termina cantando el Himno Nacional con quien vive enfrente.
Pero el deporte ofrece, además, algo que la política hace tiempo dejó de ofrecer: una narrativa sencilla. Hay un objetivo claro, reglas conocidas, un adversario identificable y la posibilidad de que el esfuerzo sea recompensado. En cambio, combatir la corrupción, reducir la violencia o reconstruir la confianza en las instituciones son tareas largas, complejas y sin un marcador visible. No producen una celebración colectiva al finalizar noventa minutos.
El fútbol devuelve, aunque sea temporalmente, una sensación de eficacia compartida: la idea de que "sí podemos". En un país donde predominan las malas noticias, esa sensación vale mucho más de lo que suele reconocerse.
Alrededor de esa emoción también se construyen intereses. Las marcas encuentran consumidores especialmente receptivos; los medios alcanzan audiencias históricas y los gobiernos procuran acercarse al entusiasmo colectivo porque la alegría también fortalece la percepción de unidad nacional. Nadie necesita fabricar esa emoción. Ya existe. Lo que hacen distintos actores es amplificarla y convertirla en el centro absoluto de la conversación pública.
Pero anoche, México quedó eliminado. El silbatazo final apagó la euforia, las calles recuperarán su rutina y el país volvió a encontrarse con las cifras de homicidios, las desapariciones, los hospitales saturados, la corrupción cotidiana y los problemas que nunca dejaron de estar ahí.
Eso no significa que la alegría haya sido falsa. Las sociedades necesitan rituales compartidos para recordar que todavía existe algo que las une. El problema no es que el fútbol provoque esa cohesión; el problema es que pocas cosas más lo consiguen.
Quizá la mayor enseñanza que dejó este Mundial no tenga que ver con el resultado frente a Inglaterra, sino con nosotros mismos. Durante unas semanas comprobamos que México todavía puede emocionarse por una causa común. Que, cuando existe un objetivo capaz de despertar esperanza, millones de personas están dispuestas a dejar de lado sus diferencias para sentirse parte del mismo equipo.
La derrota terminó el torneo para nuestro país, pero dejó intacta una pregunta mucho más importante que cualquier marcador: ¿por qué necesitamos un Mundial para recordar que pertenecemos a la misma nación?
Las de chile seco
En Hidalgo, hay que poner atención a 3,677 escuelas con de más de cuarenta años de antigüedad.
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