Ráfagas: Pachuca, otra vez sin agua
PACHUCA, Hgo., 27 de julio de 2026.- La controversia por el examen de admisión de la UNAM ha vuelto a colocar sobre la mesa un tema incómodo: la deshonestidad académica. Sin embargo, la discusión parece avanzar por el camino equivocado. Se habla de inteligencia artificial, de plataformas digitales, de reconocimiento facial, de posibles filtraciones y de mecanismos de vigilancia. Todo ello es importante, pero ninguna de esas variables explica el problema de fondo.
La deshonestidad académica no nació con la inteligencia artificial ni con los exámenes en línea. Muchas instituciones educativas llevan años enfrentando plagios, compra de tareas, suplantación de identidad, bancos de respuestas, elaboración de tesis por terceros y diversas formas de fraude. Algunas universidades incluso cuentan desde hace tiempo con reglamentos específicos sobre integridad académica, códigos de honor, comités de ética y sanciones que pueden llegar a la expulsión.
La diferencia es que hoy el problema resulta mucho más visible.
La inteligencia artificial no inventó el fraude; simplemente hizo evidente que nuestros modelos de evaluación ya venían mostrando signos de agotamiento.
Desde el punto de vista social, esta discusión exige mirar más allá de la conducta individual. Ninguna práctica social aparece en el vacío. Las personas aprenden observando las reglas, pero también observando cuándo esas reglas dejan de cumplirse y quién obtiene beneficios al incumplirlas.
Los jóvenes mexicanos crecieron en un país atravesado por profundas contradicciones. La escuela les habla de honestidad, mérito y responsabilidad. La realidad les muestra, con demasiada frecuencia, corrupción impune, violencia cotidiana, desigualdad persistente y autoridades cuya legitimidad suele ponerse en duda. No sorprende entonces que muchos desarrollen una relación ambivalente con las normas.
No significa que las nuevas generaciones sean menos éticas. Significa que han sido socializadas en una cultura donde la confianza institucional se ha debilitado. Ese es el verdadero problema.
Cuando la impunidad se vuelve cotidiana, las reglas dejan de percibirse como principios compartidos y comienzan a verse como obstáculos que algunos respetan mientras otros encuentran la manera de evitarlos. La confianza, que constituye uno de los pilares de toda convivencia democrática, comienza a erosionarse.
La deshonestidad académica debe entenderse precisamente desde esa lógica.
Sin embargo, existe otra contradicción que pocas veces aparece en el debate.
Cada vez son más las instituciones que privilegian estudios de caso, ensayos argumentativos, análisis crítico de textos, proyectos interdisciplinarios, evaluaciones orales, resolución de problemas complejos y ejercicios donde los estudiantes deben explicar cómo llegaron a una conclusión. No buscan únicamente respuestas correctas; buscan comprender cómo piensa una persona.
¿Por qué? Porque memorizar información ya no equivale a comprenderla.
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La educación superior y el mercado laboral demandan capacidad para analizar información contradictoria, distinguir evidencia confiable, argumentar, tomar decisiones bajo incertidumbre y resolver problemas inéditos. Ninguna de esas competencias puede medirse adecuadamente mediante un examen construido únicamente sobre preguntas de opción múltiple.
Paradójicamente, seguimos seleccionando a miles de jóvenes mediante instrumentos cuya lógica principal continúa siendo la memorización y la estandarización.
Era un modelo discutible hace veinte años.
Hoy resulta claramente insuficiente.
La inteligencia artificial vino a demostrarlo con crudeza. La pregunta, entonces, no debería ser cómo impedir que los estudiantes la utilicen. La pregunta debería ser otra: ¿qué capacidades queremos evaluar en una sociedad donde esa tecnología ya forma parte de la vida cotidiana? La respuesta difícilmente pasa por prohibiciones absolutas o por incrementar la vigilancia. Una educación basada exclusivamente en cámaras, algoritmos, reconocimiento facial y monitoreo permanente termina transmitiendo un mensaje peligroso: las personas solo actúan correctamente cuando alguien las observa.
Eso no forma ciudadanos. Solo administra la desconfianza.
Las de chile seco
Habrá que consultar a las universidades en línea. Ellas entendieron hace tiempo que evaluar no es memorizar.
Las opiniones y conclusiones expresadas en el artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición de Quadratín.