Ráfagas: Se reincorpora Canek al Infonavit
PACHUCA, Hgo., 10 de agosto de 2026.- Hay una frase que durante años se atribuyó a Porfirio Díaz: "Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos."
Guardando toda proporción, a veces pareciera que en Hidalgo existe otra realidad:
"Pobre Huejutla, tan cerca de Dios y tan lejos de Pachuca."
No por la distancia en kilómetros, sino por la distancia en la atención permanente y, muchas veces, en el interés genuino de quienes aspiran a gobernar.
El reciente evento por el Día Internacional de los Pueblos Indígenas volvió a dejar esa sensación. Un acto que pudo haberse convertido en una gran conversación sobre el futuro de la Huasteca terminó pareciendo, para muchos, un escenario ideal para posicionamientos políticos. Y es una oportunidad desperdiciada.
Porque Huejutla no necesita más festivales políticos. Necesita ideas.
Gobernar Huejutla significa hacerse responsable de 182 localidades, con profundas raíces indígenas, con realidades completamente distintas entre sí, con necesidades de infraestructura, salud, educación, movilidad, acceso al agua, desarrollo económico y preservación cultural.
No basta en conocer la cabecera municipal. Hay que conocer los caminos de terracería, las asambleas comunitarias, los usos y costumbres, las formas de organización, la palabra de los comisariados, de las autoridades tradicionales, de las mujeres, de los jóvenes y de quienes durante años han sostenido a sus comunidades prácticamente solos.
La pregunta que debería hacerse cualquier gobernante o aspirante no es cómo salir mejor en la fotografía.
La verdadera pregunta es: ¿Qué haré para que dentro de tres años una comunidad viva mejor que hoy?
¿Cómo fortaleceré el tejido social? ¿Cómo lograré que un joven quiera quedarse aquí, porque encuentra oportunidades?
¿Cómo impulsaré que una mujer indígena tenga las mismas posibilidades de desarrollo que cualquier otra mujer de otra parte del estado?
¿Cómo preservaré el náhuatl y las expresiones culturales sin convertirlas únicamente en parte del programa artístico de una ceremonia oficial?
¿Cómo construiré un municipio donde las diferencias políticas no destruyan el sentido de comunidad?
Hace unas semanas, durante el Mundial, ocurrió algo extraordinario. Por unos días desaparecieron muchas diferencias. No importaban partidos políticos, profesiones o condición económica. México encontraba un motivo para sentirse uno solo.
Ese sentimiento de pertenencia no nació por decreto. Nació porque millones encontraron algo que los representaba.
¿Por qué un evento dedicado a los pueblos indígenas no puede aspirar a provocar algo parecido, aunque sea a escala municipal?
¿Por qué no convertir esa fecha en el gran espacio anual donde las 182 localidades dialoguen sobre su futuro? ¿Por qué no instalar mesas de trabajo para escuchar a las comunidades, construir acuerdos, definir prioridades y comprometer políticas públicas medibles? ¿Por qué no salir de la conmemoración con un plan de acción y no solamente con una galería de fotografías?
Los pueblos indígenas no necesitan únicamente que las niñas y niños muestren sus bailables regionales. Necesitan resultados. Necesitan que se les escuche antes de decidir por ellos.
Necesitan gobiernos que entiendan que la igualdad no consiste en organizar un festival una vez al año, sino en garantizar oportunidades todos los días del año.
Hace casi dos mil años, Juvenal utilizó una expresión que sobrevivió hasta nuestros días: panem et circenses, pan y circo.
Sería injusto afirmar que toda celebración popular es eso. La fiesta también construye comunidad, identidad y memoria. La diferencia está en lo que queda cuando termina.
Si después del último huapango solamente quedan fotografías de políticos, tuvimos un evento. Si quedan acuerdos, visitantes que regresarán a una comunidad, ingresos para una familia, jóvenes orgullosos de su lengua, nuevas relaciones entre localidades y ciudadanos que descubrieron una parte de Huejutla que desconocían, entonces construimos algo distinto. Construimos comunidad.
Finalmente lo que buscamos no es ver quién sonríe mejor frente a la cámara. Ni saber quién consigue más fotografías con personajes políticos o de saludar alrededor del kiosko. O quien portaba la camisa de manta más bonita.
Se trata de mostrar la enorme riqueza cultural en una palanca de desarrollo y no en un simple escenario de campaña.
Las de chile seco
El mayor acto de respeto hacia una comunidad indígena no es bailar su música un día al año; es tomar decisiones que mejoren su vida los otros 364 días.
Las opiniones y conclusiones expresadas en el artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición de Quadratín.