Ráfagas: Chapulineo partidista
PACHUCA, Hgo., 18 de agosto de 2026.- El arte no es una invención de occidente, todas las civilizaciones del mundo por muy primitivas que parezcan desarrollan diversas actividades artísticas como el canto, la música, la danza, la escultura y la pintura, independientemente de su concepción de lo bello o la estética.
En Mesoamérica, en diferentes regiones se desarrolló la pintura en cuevas, estelas, cerámica, códices y muros. Los colores o tinturas se obtenían -y aún se obtienen- de minerales, plantas y animales.
Para los mundos maya, inca, zapoteco, mixteco o mexica, los colores tenían diversos significados. El rojo fue utilizado por todas estas culturas para representar la sangre, la vitalidad y el poder; el verde para la fertilidad; el azul para lo divino, la unión entre la tierra y el cielo. También les atribuían propiedades mágicas y con ellos representaban el estatus social al usarlos en la vestimenta, es decir, en el teñido de los textiles.
El arte mural no es exclusivo de la corriente muralista del Siglo XX mexicano, los antiguos mesoamericanos alcanzaron un profundo conocimiento sobre la obtención y el uso de los pigmentos naturales, procesaron técnicas para extraer colores y una variada paleta de tonos, lo cual nos indica que llegaron a dominar al dedillo las propiedades de minerales, tierras, plantas e insectos. Es así que recolectaban, secaban y trituraban estos elementos, y los mezclaban con aglutinantes para obtener su aplicación en cualquier superficie como madera, barro o piedra, creando murales donde representaron escenas de la vida cotidiana, combates y ritos sagrados; lo hicieron también en la manufactura de los códices sobre piel de venado y de papel amate.
Para realizar los murales de Bonampak, Cacaxtla y Teotihuacan, utilizaron aglutinantes como agua, cal, huevo de faisán, grasa animal, savia de nopal y otras plantas, cera de abeja, entre los más conocidos, con ello lograron aplicar las tinturas, incluso en la alfarería.
El rojo lo obtenían generalmente de la grana cochinilla, el verde de la malaquita, el azul del añil la planta indigofera suffruticosa, el amarillo de la planta conocida como pericón, del hongo/zacate llamado zacatlaxcalli y de tierras ferrosas; el negro humo del carbón vegetal o del humo de ocote. Los mesoamericanos jugaron con las mezclas para obtener diferentes tonalidades de los colores básicos.
El “azul maya”, resultado de la mezcla de arcilla paligorskita con índigo se ha estudiado profusamente por nacionales y extranjeros, afortunadamente lo conocemos y admiramos porque es el que predomina en los murales de Bonampak, en Chiapas, los cuales fueron plasmados con la técnica del temple, que se caracteriza por usar como adherente el huevo de faisán.
David Alfaro Siqueiros, conocedor y estudioso del arte prehispánico, conminaba a los pintores de su generación a retomar la paleta de colores y los pigmentos usados por los antepasados mesoamericanos. Diego Rivera, en su primer mural en el Colegio de San Ildefonso -La creación- usó la técnica del fresco, experimentada por los teotihuacanos, así como la del encausto cuya base es la cera de abeja y la resina de copal. Ambas son muy delicadas al requerir de tiempos exactos para trabajar; sin embargo, se compensan por su durabilidad, al ser resistentes al medio ambiente y al paso del tiempo.
En Hidalgo, podemos sentirnos orgullos de que en el arte textil aún son utilizados los tintes naturales y siguen representando la cultura, mitos y creencias de los pueblos originarios; no así en la pintura, la cual ha experimentado con nuevos productos químicos que tienen que ver con la investigación científica y el desarrollo tecnológico de nuestros días.
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