¡La Voz de la Igualdad!
PACHUCA, Hgo., 14 de septiembre de 2026.- Durante años nos dijeron que el futuro sería más práctico: menos discos, cables, cajas y aparatos acumulados en casa. Bastaba con conectarse a internet para tener archivos, música, películas, programas y videojuegos disponibles en cualquier momento. La promesa era comodidad. Sin embargo, detrás de esa transformación ocurrió algo que no esperábamos: ya no compramos bienes, rentamos accesos.
Antes, una memoria USB, un disco duro o un CD representaban una posesión concreta. Hoy, fotografías y documentos dependen de una mensualidad. Mientras pagamos, todo parece sencillo; cuando cancelamos, aparecen advertencias, límites y la amenaza de perder acceso o tener que descargar apresuradamente nuestros propios archivos.
Lo mismo ocurre con el entretenimiento. Netflix, Spotify y otras plataformas ofrecen catálogos inmensos por una cuota relativamente accesible. La ventaja es evidente: variedad, disponibilidad inmediata y acceso desde distintos dispositivos. El problema es que nada garantiza la permanencia. Nuestra película favorita Puede desaparecer del catálogo en cualquier momento.
El software llevó esta lógica todavía más lejos. Programas que antes se adquirían una sola vez ahora exigen pagos mensuales o anuales. A cambio recibimos actualizaciones, soporte técnico y compatibilidad; pero también perdemos la posibilidad de conservar una versión funcional si ya no queremos seguir pagando.
Los videojuegos muestran una contradicción especialmente específica. Aunque todavía existen ediciones físicas, algunos discos son apenas una llave para descargar el juego completo. Si los servidores desaparecen, si una actualización deja de estar disponible o si la empresa modifica sus condiciones, ese formato físico puede volverse inútil. Tener el disco no siempre significa tener el juego y esto ya ocurrió con la caída de los servidores de Microsoft.
La defensa habitual es que estos modelos democratizan el acceso. Y es cierto: una suscripción puede ser más barata que comprar cada película, programa o juego. Sin embargo,la comodidad no debería confundirse con propiedad ni con autonomía.
El desafío consiste en exigir opciones: compras verdaderas, archivos descargables, compatibilidad fuera de línea, conservación de versiones y reglas claras cuando un servicio cierre. La tecnología puede hacer nuestra vida más fácil, pero no debería convertir cada herramienta, recuerdo o entretenimiento en una renta perpetua. El progreso también debe medirse por lo que nos permite conservar, no únicamente por lo que nos permite consumir.
Las opiniones y conclusiones expresadas en el artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición de Quadratín.