Ráfagas: Jorge Reyes va por la reelección en Pachuca
PACHUCA, Hgo., 5 de octubre de 2026.- Y si le damos seguimiento, seguro algo cambia. Los acontecimientos de los últimos días en Querétaro y Coahuila estremecen, pero también deberían obligarnos a hacernos preguntas que vayan más allá de la nota roja. El 30 de septiembre, un estudiante de secundaria atacó con cuchillos a integrantes de su comunidad escolar en Querétaro. Un día después, en Torreón, dos jóvenes de 18 años, exalumnos de una secundaria, ingresaron con machetes y artefactos explosivos.
La subdirectora perdió la vida y hubo personas lesionadas. Meses antes, en marzo, un alumno de 15 años había ingresado armado a una preparatoria de Lázaro Cárdenas, Michoacán. Dos maestras fueron asesinadas. Cuando conocí las noticias pensé en todos los programas de salud emocional de los que escuchamos hablar constantemente y me surgió una pregunta muy sencilla: ¿estamos midiendo lo que hacemos o lo que verdaderamente transformamos?
Después recordé un hecho que me compartieron: Dos niñas que violentaban a una tercera. Han pasado muchos años y todavía recuerdo ese dato. ¿Qué ocurrió después? Prácticamente nada. Ésa era otra época. La violencia terminaba, al menos físicamente, cuando uno salía de la escuela. Hoy un niño puede llevarla hasta su habitación. Puede experimentar rechazo en el salón, violencia familiar, bullying, soledad o frustración y, simultáneamente, pasar horas conectado a redes y comunidades digitales.
Los algoritmos aprenden rápidamente qué mantiene nuestra atención y continúan ofreciéndonos contenidos relacionados. Eso no significa que las redes sociales fabriquen asesinos. Tampoco sabemos todavía qué combinación de circunstancias explica los acontecimientos recientes. Sería irresponsable diagnosticar a distancia a sus protagonistas. Pero sí sabemos algo: la vida emocional de un niño ya no puede entenderse mirando solamente lo que ocurre dentro del salón de clases. Familia, escuela, compañeros, comunidad y mundo digital forman hoy un mismo ecosistema. Y tenemos señales de que algo merece nuestra atención.
Cuando un estudiante cambia radicalmente de comportamiento, agrede reiteradamente, es violentado, se aísla, deja de asistir, expresa desesperanza o pide ayuda, el sistema debe preguntarse no sólo qué le pasa, sino qué le está pasando. Y entonces mirar alrededor. Su familia. Sus compañeros. Su escuela. Sus profesores. Su comunidad. Su entorno digital. Ahí es donde necesitamos transformar nuestra manera de hacer política pública. Porque el problema quizá no sea que no tengamos estrategias. Las tenemos. Cada tragedia produce protocolos, campañas, líneas de atención, capacitaciones y nuevos programas.
El problema es que pocas veces sabemos qué ocurrió después. Cuántas personas detectadas recibieron tratamiento. Cuántas continuaron acompañadas seis meses después. Cuántos jóvenes que expresaron ideas suicidas lograron salir de la crisis. Cuántas alertas fueron atendidas antes de convertirse en emergencias. Una política 1 pública que no sigue a las personas hasta conocer el resultado corre el riesgo de convertirse en una suma de buenas intenciones y estadísticas administrativas. Una llamada recibida no significa una persona atendida. Una persona canalizada no significa una persona tratada.
Una consulta no significa recuperación. Un cuestionario aplicado no significa un niño acompañado. Necesitamos seguir la trayectoria. Eso es medir resultados. Porque un niño no es una fotografía. Es una trayectoria. Y en esa trayectoria habrá momentos en los que la familia, un maestro, un compañero, un psicólogo o una institución podrán modificar el camino.
Tal vez sea momento de cambiar la pregunta. En lugar de informar cuántas acciones realizamos, gobiernos y escuelas deberían poder responder: ¿Cuántos niños estaban sufriendo? ¿Cuántos detectamos? Y, sobre todo, después de intervenir, qué cambió en sus vidas? Porque una política de salud emocional no debería medirse por todo lo que hizo. Debería medirse por todo aquello que logró transformar.
Las de chile seco
Diseñar, anunciar y difundir es fácil, dar seguimiento y demostrar que una vida cambió, ésa es otra historia.
Las opiniones y conclusiones expresadas en el artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición de Quadratín.