Ráfagas: Parranda de funcionarios termina a golpes
Los maestros también son víctimas de violencia
PACHUCA, Hgo., 19 de octubre de 2026.- José sale de su casa con su portafolios en la mano. Se despide de su familia, toma el camión que lo llevará a su trabajo y, como cada mañana, se dispone a cumplir con una vocación que ha ejercido durante años: enseñar. Lleva consigo libros, tareas por revisar y la esperanza de contribuir a la formación de sus alumnos. Lo que no sabe es que ese será el último adiós a su familia.
La violencia que irrumpirá en su escuela terminará con su vida y dejará una herida imborrable en quienes presenciaron los hechos. José es un personaje ficticio, pero su historia representa una realidad dolorosamente cierta en México. El pasado 13 de octubre, en San Blas Atempa, Oaxaca, el profesor Leví Peralta Regalado fue asesinado a balazos dentro de la Escuela Secundaria Técnica 69.
Apenas doce días antes, en Torreón, Coahuila, una subdirectora perdió la vida durante un ataque perpetrado por exalumnos. En marzo, dos maestras fueron asesinadas en una preparatoria de Lázaro Cárdenas, Michoacán, presuntamente por un estudiante de 15 años. Tres episodios que deberían estremecer a todo el sistema educativo nacional. Sin embargo, más allá de la indignación momentánea, permanece una pregunta incómoda: ¿quién protege a quienes todos los días tienen la responsabilidad de educar y proteger a nuestros hijos? La violencia contra los docentes no comienza ni termina con los homicidios.
En Guanajuato, la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación reportó cerca de veinte quejas por agresiones de alumnos y padres de familia durante los primeros meses del ciclo escolar. En Chihuahua, un padre ingresó a un salón para golpear a un profesor frente a sus estudiantes. En el Estado de México, una maestra de preescolar fue agredida y amenazada por familiares de una alumna. Son hechos distintos, pero comparten una realidad: las escuelas también pueden convertirse en espacios de riesgo para quienes trabajan en ellas.
Durante décadas hemos hablado, con razón, del acoso escolar, de la violencia contra niñas, niños y adolescentes, de sus derechos y de la necesidad de garantizar entornos seguros. Pero en esa conversación hemos dejado fuera, demasiadas veces, a las maestras y los maestros. Ellos también reciben amenazas, insultos, humillaciones, golpes y hostigamiento digital. También pueden ser víctimas de campañas de desprestigio, acusaciones difundidas sin investigación, intimidación de familiares y presiones institucionales.
Algunos callan por miedo a perder su empleo, a enfrentar represalias o porque simplemente no saben ante quién acudir. Y hay una violencia menos visible: la psicológica y la que se ejerce a través de las redes sociales. Se manifiesta cuando un profesor entra al salón con temor, señalado o desprestigiado en redes sociales.
Por eso resulta imperativo que las autoridades educativas establezcan y hagan cumplir protocolos específicos de prevención, denuncia, atención y protección del personal docente. Protocolos que no permanezcan archivados, sino que funcionen cuando un maestro recibe una amenaza, es agredido por un familiar o teme regresar a su escuela.
Pero hace falta algo más profundo: recuperar el respeto por la labor docente sin confundir respeto con obediencia ciega. Reconocer que detrás de cada maestro hay una persona, una familia, preocupaciones, miedos y una vida que continúa después de que suena el timbre. No podemos pedirles que enseñen valores en ambientes donde ellos mismos son violentados. No podemos exigir excelencia educativa mientras ignoramos su seguridad física y emocional. La próxima vez que un maestro salga de su casa con su portafolios, debería tener una certeza elemental: que regresará con bien.
Las de chile seco
Proteger a los alumnos y proteger a los maestros no son causas contrarias.