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Cuando dejamos de creer
PACHUCA, Hgo., 26 de octubre de 2026.- La confianza no se pierde de golpe. Se desgasta cada vez que una institució n decepciona, una autoridad no explica y la ciudadaní a comienza a pensar que las reglas no son iguales para todos. Hay algo que resulta profundamente preocupante en los acontecimientos políticos de los últimos días.
No son solamente las denuncias, los señalamientos, los posibles conflictos de interés o las confrontaciones entre quienes ejercen el poder. Es lo que todo ello va dejando en la conciencia de los ciudadanos: una desconfianza que crece silenciosamente hasta convertirse en una manera de entender la vida pública. La confianza no desaparece de un dí a para otro.
Tiene un proceso de desgaste. Primero viene la decepción, despué s la sospecha, má s tarde la generalización y finalmente la resignación. Cuatro momentos que pueden transformar la relació n de una sociedad con sus instituciones, hasta llegar a un punto peligroso: acostumbrarse a lo que antes le parecía inaceptable. La primera fractura es la decepción. Ocurre cuando una persona descubre que aquello que aprendió sobre la honestidad, el mérito, la justicia y el servicio pú blico no siempre parece corresponder con lo que observa en quienes tienen la responsabilidad de gobernar.
Pensemos en la maestra que durante añ os acumula experiencia y acredita su formació n para aspirar a una dirección. En quien participa en una convocatoria convencido de que su capacidad será evaluada. ¿Qué sucede cuando estas personas observan que la cercaní a polí tica, los ví nculos familiares o las relaciones personales parecen abrir puertas que para otros permanecen cerradas? No es necesario que exista una afectació n econó mica directa para que aparezca la decepció n. Basta con que comience a debilitarse la convicció n de que las reglas no tienen el mismo valor para todos.
Despué s llega la sospecha. Los acontecimientos recientes alrededor del Instituto Nacional Electoral ofrecen un ejemplo de la importancia de esta segunda etapa. Los señ alamientos sobre posibles conflictos de interés en contrataciones y relaciones con proveedores llevaron a la Auditorí a Superior de la Federación a iniciar una investigación. La presidencia del INE ha rechazado haber actuado indebidamente y ha manifestado su disposició n a colaborar con las autoridades fiscalizadoras.
Pero existe una pregunta que trasciende el expediente: ¿qué ocurre cuando la institució n encargada de garantizar la organizació n imparcial de las elecciones debe explicar si sus propias decisiones administrativas estuvieron suficientemente protegidas de intereses particulares? La tercera etapa es la generalización. Es quizá una de las consecuencias más profundas del desgaste institucional. En nuestro paí s, los cuestionamientos sobre nombramientos, el uso de recursos públicos y los criterios para acceder a cargos de responsabilidad alimentan una discusión que va más allá de los partidos polí ticos: que la polí tica es una vía para obtener beneficios personales, que las candidaturas representan oportunidades de enriquecimiento y que los cargos pú blicos son espacios reservados para determinados grupos.
Pero aquí aparece otra consecuencia preocupante y desafortunada: la sospecha termina alcanzando también a quienes han ejercido sus responsabilidades con honestidad, preparación y auténtica vocación de servicio. Finalmente aparece la resignación. Es el momento en que la ciudadanía deja de sorprenderse. Esto quizá sea lo má s peligroso. Cuando una nueva denuncia provoca apenas un comentario: "Todos hacen lo mismo".
Cuando alguien escucha sobre un posible conflicto de interés y responde: "Así ha sido siempre". Cuando una comunidad deja de exigir explicaciones porque supone que nadie responderá . En ese momento el problema ha dejado de pertenecer exclusivamente a quienes ejercen el poder. Se ha instalado en la vida cotidiana. La resignación es especialmente delicada porque puede convertir la desconfianza en indiferencia.
Y cuando la indiferencia sustituye a la exigencia, disminuye uno de los controles má s importantes de cualquier democracia: la vigilancia ciudadana. A veces hablamos de corrupció n como si solamente se tratara de dinero. Quizá debamos preguntarnos qué estamos enseñ ando a las nuevas generaciones cuando hablamos de honestidad, esfuerzo, preparació n y participació n ciudadana, mientras en la vida pú blica se multiplican los cuestionamientos sobre privilegios y conflictos de interés.
Las de chile seco
Cuando dejamos de creer y de confiar, tambié n dejamos de enseñar con el ejemplo. Y esa es la corrupción que más cuesta reparar.