PACHUCA, Hgo., a 19 de septiembre de 2020.- Hace poco más de 500 años, cuando la expedición de Juan de Grijalva sondeó las costas de Veracruz, en 1518, una de las vistas que más impresionó a los españoles fue la de la isla que nombraron como “de Sacrificios”, pues a su arribo contemplaron la forma en que se realizaba dicho ritual, el cual de inmediato calificaron como bárbaro y sanguinario.
Esa visión, misma que ha permeado hasta nuestros días, anula los profundos significados religiosos que tenía la práctica sacrificial para los pueblos mesoamericanos, al tiempo que omite que en Europa, íberos y griegos también practicaron sacrificios, indicaron especialistas en un conversatorio virtual organizado por Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

Con el título “El significado de los rituales del sacrificio humano en el Cemanáhuac”, la actividad académica reunió a los antropólogos físicos Carlos Serrano y Zaid Lagunas, al arqueólogo Raúl Barrera y, como moderador, al etnohistoriador Eduardo Corona.

En su intervención, Raúl Barrera explicó que, contrario a lo que puede pensarse, el sacrificio entre mexicas, mayas, tlaxcaltecas y la gran mayoría de los pueblos mesoamericanos era un ejercicio renovador de la vida.

“Las fiestas eran una reactualización de los mitos. Así, el sacrificio era el modo de regenerar la vida ofreciendo alimento a los dioses para que ellos, a su vez, fueran benéficos hacia los humanos”, declaró el arqueólogo al precisar que, al menos entre los mexicas, la disposición de los sacrificados en el Huey Tzompantli de Tenochtitlan, también era una forma de demostrar poder sobre sus provincias tributarias.

Sobre el carácter regenerador del sacrificio, Eduardo Corona evocó que la guerra misma era sagrada, a tal punto que las armas a menudo se diseñaban para tomar prisioneros en vez de matarlos. Tal situación quedó manifiesta en los momentos más álgidos de la guerra entre mexicas y españoles, cuando los primeros intentaban, a toda costa, tomar prisioneros vivos para ofrecerlos en sacrificio.

En su participación, los antropólogos físicos Carlos Serrano y Zaid Lagunas también enfatizaron la cosmovisión implícita en los sacrificios, cuyos remanentes arqueológicos, dijeron, “son mensajes que nos legaron las sociedades prehispánicas”.

Finalmente, Carlos Serrano evocó el descubrimiento en 1963, de un depósito sacrificial en Teopanzolco, Morelos, compuesto por los restos óseos de 92 individuos, muchos de los cuales, se conjetura desde la morfología de sus cráneos, habrían sido esclavos o cautivos otomíes o del valle poblano-tlaxcalteca.

Este osario podría ser el único en todo el país que se vincula con la ceremonia del Fuego Nuevo.

El conversatorio finalizó con un llamado a comprender el simbolismo antiguo de los sacrificios humanos, dejando de lado la idea occidental impuesta sobre ellos.