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PACHUCA, Hgo., 20 de julio de 2026.- La Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) por primera vez, ofreció a sus aspirantes a licenciatura, el examen en línea. Cuando los resultados se hicieron públicos, las gráficas de la evaluación de ingreso 2026, llamaron inmediatamente la atención. En carreras como Medicina, Actuaría e Ingeniería Aeroespacial, la distribución de los puntajes cambió de forma que no se había observado en los últimos cinco años. No se trata únicamente de que aumentara el promedio; también cambió la forma en que se distribuyeron los resultados.
La reacción fue inmediata. En redes sociales apareció una explicación tan rápida como contundente: hubo trampa.
Pero las universidades no pueden basar sus decisiones en sospechas ni en percepciones. Deben hacerlo con evidencia.
La propia UNAM informó que detectó y canceló algunos exámenes por irregularidades. Sin embargo, esa información no resuelve la pregunta más importante.
¿Qué explica que, justamente el año en que el examen se aplicó por primera vez completamente en línea, los resultados sean tan distintos de los observados durante varios años consecutivos?
En evaluación educativa existe un principio muy claro: cuando una prueba produce resultados inesperados, la primera obligación es revisar el examen y el proceso de aplicación antes de concluir que el problema está en quienes fueron evaluados.
Un examen de admisión no es solamente un conjunto de preguntas. Es un instrumento diseñado para identificar quiénes poseen los conocimientos y habilidades necesarios para iniciar estudios universitarios. Para que cumpla esa función debe reunir varias condiciones.
Debe ser válido, es decir, medir realmente los conocimientos que pretende medir. Debe ser confiable, de modo que dos personas con el mismo nivel de preparación obtengan resultados semejantes. Debe ser seguro, evitando filtraciones de reactivos, suplantaciones de identidad o ayudas externas.
Cuando cualquiera de esos elementos cambia, también puede cambiar el significado de los puntajes.
Eso es precisamente lo que hoy merece una explicación. Las diferencias observadas podrían deberse a varias causas. Tal vez el examen fue menos difícil. Quizá la preparación de los aspirantes mejoró de manera extraordinaria. Es posible que la modalidad en línea ofreciera ventajas que antes no existían. También podrían existir fallas en los mecanismos de supervisión o incluso filtraciones de reactivos. Todas son hipótesis razonables. Ninguna puede aceptarse sin una investigación técnica.
Por ello, la primera responsabilidad corresponde a la institución. La UNAM debería explicar si el nuevo examen mantuvo el mismo nivel de dificultad que en años anteriores; si los mecanismos de vigilancia remota fueron suficientes; si la autenticación de identidad funcionó correctamente; si existieron patrones estadísticos inusuales; si algunos reactivos se comportaron de manera distinta y, sobre todo, si un puntaje obtenido en línea representa el mismo nivel de conocimientos que representaba un puntaje similar en los exámenes presenciales.
No se trata de defender el examen ni de desacreditar a los aspirantes. Se trata de demostrar que el proceso conserva su integridad.
En carreras como Medicina, además, el debate trasciende el concurso de selección. La pregunta de fondo no es únicamente quién obtuvo un lugar.
La sociedad deposita en esas futuras médicas y médicos responsabilidades que involucran vidas humanas. Por ello, el proceso de selección debe ofrecer la mayor certeza posible de que identifica a quienes cuentan con los conocimientos y habilidades necesarios para enfrentar esa formación.
Las universidades no fortalecen su prestigio afirmando que todo salió bien. Lo fortalecen cuando, ante resultados inesperados, investigan con rigor, transparentan la evidencia y corrigen aquello que sea necesario.
Las de chile seco
La formación de buenos médicos empieza desde el proceso de admisión.
Las opiniones y conclusiones expresadas en el artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición de Quadratín.