El que está por terminar fue el año del diseño de las estructuras jurídicas y de las políticas públicas que servirán de plataforma al presidente de la república y su cuarta T para lograr los cambio profundos que ha venido ofreciendo. Supo hacer uso eficiente de su mayoría en ambas cámaras y en un número considerable de legislaturas. El 2019 lo concluye con un saldo muy favorable en este terreno.

La percepción positiva de la que hasta ahora ha gozado la presidencia de la república, no obstante la pérdida de puntos en los últimos meses, le sitúa en una condición bastante cómoda para iniciar el segundo año de gobierno, conforme al calendario común. El bono de confianza que marcó el 2019, sin embargo, no mantendrá esa inercia si no es con el combustible de resultados tangibles, esos que clásicamente sabemos deben reflejarse en la mesa, los bolsillos y la calidad de vida de todos los mexicanos.

Si la política económica, que incluye la ley de ingresos y la manera en que se van a gastar los recursos públicos, ha sido diseñada de manera adecuada deberá reflejarse durante el 2020 saliendo del estancamiento y con un crecimiento modesto del Producto Interno Bruto, si no fuera así todas la ruedas de la cuarta T quedarán atascadas.

Si las reformas en materia de salud, seguridad, educación, energía, turismo y atención a la pobreza, han sido acertadamente expresadas en políticas públicas, tendrán entonces que arrojar resultados a lo largo del 2020. Si los indicadores se movieran en sentido contrario a los heredados por pasadas administraciones la cuarta T estaría perdiendo la legitimidad y la confianza de sectores del electorado que en ella creyeron.

Muy cierto es que no se pueden esperar resultados inmediatos. Pero esta es una afirmación que tiene más de consideración teórica que de sentir popular. En la vida real los hogares mexicanos pretenden resultados inmediatos, y esos son los que cuentan y los que alientan las percepciones positivas de cualquier gobierno. También es cierto que se puede construir desde el poder de las mañaneras presidenciales la narrativa de la posposición realista de las metas, incluso proyectarlas para otro sexenio u otra generación, como ya se ha hecho para algunos temas como el del aeropuerto internacional o el de la seguridad. Sin embargo, dicho discurso siempre será frágil por impugnable y nada grato. Si así fuere estarán concediendo que son incompetentes ahora, es decir, que no pueden hacerlo en los tiempos prometidos, y ello no es meritorio frente al electorado.

El 2020 será entonces el año de la tierra prometida. Será el tiempo en que todas las reformas aprobadas, sobre las que se rediseñaron o eliminaron instituciones, tendrán que demostrar su alto nivel de eficiencia, de tal suerte que contrasten positivamente frente a las viejas instituciones y políticas públicas del pasado. No tendrá sentido la narrativa política que cuestionaba lo mal hecho y que ensalzaba lo que debía hacerse, se impondrá públicamente la exigencia sobre lo que es y lo que ahora se está haciendo.

En este sentido el 2020 será un año decisivo para el futuro de la 4T. Tiene retos grandiosos, por ejemplo, revertir la caída del crecimiento económico que se le desplomó a prácticamente a 0% durante el 2019; deberá bajar los indicadores de criminalidad y demostrar con hechos que su estrategia anticrimen de «abrazos y no balazos» es consistente y que la gente estará y se sentirá segura; tendrá que demostrar que sus políticas son eficientes para incrementar los empleos y elevar por la vía de la productividad el ingreso de las familias; habrá de demostrar que el proceso de centralización administrativa y política que le han otorgado las reformas legales no seguirá derivando en el ejercicio autoritario del mando presidencial; deberá demostrar, con evidencias económicas y operativas, que las decisiones estratégicas para la cancelación del aeropuerto de Texcoco, la construcción de Santa Lucia, la construcción del Tren Maya, la edificación de la refinería de Dos Bocas, el rechazo a la inversión en energías limpias, no sólo son la mejor decisión frente al discurso de la austeridad y la anticorrupción sino también para el crecimiento de la economía nacional y la preservación del medio ambiente.

No será bien aceptado que el presidente y la cuarta T utilicen durante el 2020 el manido argumento del que va comenzando o del que tiene que recoger el desorden heredado. Tendrán presente que el 21 será la elección intermedia, que como nunca antes y por mandato de la propia reforma generada por el ejecutivo federal, tomará carácter refrendario y se convertirá o en puerto vital para alentar un segundo impulso al partido gobernante o en naufragio. Así que para estar en el ánimo de los electores están obligados a entregar resultados a la altura de la tierra prometida por la 4T. La coherencia entre palabras y hechos definirá el futuro presidencial durante el 2020, en donde la economía, les está avisando, jugará como su talón de Aquiles.