Que se vaya Taddei
PACHUCA, Hgo., 06 de julio de 2026.- La cultura no se mide únicamente por la cantidad de patrimonio registrado, el número de eventos realizados o la asistencia de público. Hoy, más que esas cifras, importa comprender cómo se transformaron las comunidades, las personas y el territorio. Durante décadas se sostuvo que el valor simbólico de la cultura debía mantenerse separado de la medición de sus resultados, como si cuantificar implicara reducir el arte a una cifra.
Medir no significa burocratizar la cultura; el crear es vital, tanto como comprender mejor la capacidad que un proyecto tiene de generar valor público. Este concepto no debe manejarse solo desde la administración pública, sino desde cualquier espacio, colectivo o persona que haga gestión cultural.
Los números existen. Hay caminos para estimar el impacto económico y social de la cultura, entre las metodologías existentes destacan: el Retorno Social de la Inversión (SROI), el análisis de Valor Económico Total y los modelos de valoración contingente. Estás herramientas no sustituyen la dimensión humana de la cultura, por el contrario, la visibilizan..
Desde 2009, la UNESCO incorporó estas perspectivas en su Marco de Estadísticas Culturales, reconociendo que la información es indispensable para fortalecer la gobernanza, orientar la inversión pública y demostrar el aporte estratégico del sector cultural al desarrollo sostenible.
En la actualidad, procurar fondos exige mucho más que redactar un buen proyecto. Requiere conocer con precisión los números, comprender los impactos que la iniciativa genera en la sociedad y ser capaz de demostrar, con evidencia, el valor público que produce. Las convocatorias de cooperación internacional, los organismos multilaterales, las fundaciones e incluso muchas empresas que financian proyectos culturales ya no toman decisiones únicamente por la calidad del discurso: buscan indicadores, líneas base, metas, resultados y mecanismos de evaluación.
La narrativa del impacto comienza en los datos, no en el relato. Por ello, la gestión cultural debe abrirse a nuevas competencias: medir el retorno social de la inversión, diversificar sus fuentes de ingreso mediante servicios, formación, alianzas estratégicas o patrocinios, y construir proyectos capaces de demostrar que la cultura no solo transforma vidas, sino que también produce resultados verificables que justifican y fortalecen la inversión en ella.
Las opiniones y conclusiones expresadas en el artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición de Quadratín.