Premoniciones de la debacle
Cada uno sabe lo que carga en la mochila.
PACHUCA, Hgo., 31 de agosto de 2026.- Hoy lunes 31 de agosto comienza en México un nuevo ciclo escolar 2026-2027. Durante 185 días, millones de niñas, niños y adolescentes volverán a ocupar pupitres, patios y pasillos. Regresarán también las voces de los docentes, el sonido del timbre y ese olor particular de los cuadernos nuevos: una mezcla de papel, tinta, plástico y expectativa. Pero el regreso a clases no empieza cuando se abre la puerta de la escuela.
Comienza días o semanas antes, alrededor de una mesa familiar, cuando se revisa la lista de útiles, se comparan precios y se decide qué puede comprarse ahora y qué tendrá que esperar. Una mochila nueva puede parecer un objeto cotidiano, pero algunas cuestan horas extraordinarias de trabajo, pagos aplazados o la renuncia silenciosa a otro gasto.
Hay mochilas compradas con holgura y otras elegidas después de contar cuidadosamente los billetes. También están las que pasan de un hermano a otro, las que reciben un cierre nuevo y las que se lavan hasta recuperar algo de su color original. ¡Cómo olvidar las de cuero café que son tan bonitas! pero que ya casi nadie usa. Cada una, cuenta una historia económica y familiar.
El regreso ocurre dentro de uno de los sistemas educativos más extensos del continente.
El diagnóstico oficial más reciente señala que el Sistema Educativo en nuestro país está integrado por aproximadamente 34.8 millones de estudiantes, casi 2.2 millones de docentes y más de 261 mil escuelas. Alrededor de 84% de la matrícula es atendida por instituciones públicas.
Por eso, en la mochila de cada estudiante no viajan únicamente lápices, colores y libros. También se cargan las condiciones del lugar donde nació, el ingreso de su familia, la distancia entre su casa y la escuela, la alimentación recibida antes de salir y la posibilidad o imposibilidad de conectarse a internet.
Las maestras y los maestros también llegan con una carga invisible. En sus bolsas llevan planeaciones, evaluaciones y materiales, pero además trasladan la responsabilidad de reconocer rezagos, acompañar emociones, prevenir violencias, dialogar con las familias y responder a los cambios curriculares y tecnológicos.
Cuando las niñas y los niños vuelven a la escuela, toda la casa cambia de ritmo. Regresan las alarmas antes del amanecer, los desayunos apresurados y las carreras para alcanzar el transporte.
Madres, padres y cuidadores reorganizan horarios laborales y domésticos. Para algunas familias existe incluso una sensación de alivio: después de las vacaciones, los adultos pueden retomar con mayor regularidad sus empleos, comercios, encargos o labores de cuidado. Pero ese alivio convive con otras emociones.
Está la preocupación por el gasto, por el transporte, por la seguridad, por el desempeño escolar y por la adaptación de quienes entran por primera vez a un salón. Está también el silencio que queda en la casa después de despedir al hijo pequeño en la puerta de la escuela.
En la mochila cabe el lunch preparado con prisa, el cuaderno rotulado durante la noche y el lápiz al que alguien le sacó punta antes de salir. También caben los nervios de quien cambia de escuela, la alegría de reencontrarse con los amigos, el miedo a no entender una materia y la esperanza de conocer a una maestra que sepa mirar más allá de una calificación.
Hay estudiantes que cargan además responsabilidades que no corresponden a su edad: cuidar hermanos, trabajar, recorrer caminos inseguros o aprender en una lengua distinta de la que hablan en casa. Otros llevan consigo duelos, ansiedad, violencia o soledad.
Nada de eso aparece en la lista oficial de útiles, pero entra todos los días al salón. Por eso, recibir a un estudiante debería significar también preguntarse qué trae consigo y qué necesita dejar por un momento en el suelo para poder aprender.
El olor de los útiles nuevos habla de algo que todavía no ha sido escrito. Cada cuaderno en blanco contiene esa posibilidad. Pero convertirla en aprendizaje exige mucho más que comprar materiales o cumplir un calendario: requiere escuelas dignas, docentes acompañados, familias sostenidas y una sociedad dispuesta a impedir que el origen de una persona determine el peso de la mochila que deberá cargar.
Las de chile seco
Que sean 185 días completos de éxito escolar.
Las opiniones y conclusiones expresadas en el artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición de Quadratín.