Ráfagas: ¡Acúsalo con su papá!
Las emociones en la mira escolar
PACHUCA, Hgo., 28 de septiembre de 2026.- Algo está ocurriendo con nuestros adolescentes y merece que los adultos aprendamos a mirar con mayor atención. A veces se expresa en aislamiento, irritabilidad, cambios en el sueño, pérdida de interés por la escuela, conflictos familiares o demasiadas horas frente al teléfono. Otras veces cabe en una frase aparentemente sencilla: “estoy bien”. Y quizá no lo están. En ese contexto surge El ABC de las Emociones, estrategia impulsada por la SEP y la Secretaría de Salud para atender la salud mental de adolescentes y jóvenes, principalmente de 14 a 18 años, con especial presencia en tercero de secundaria y bachillerato.
Su lógica es fácil de recordar:
A: reconocer lo que siento; B: comprender qué me ocurre; C: actuar y saber cuándo pedir ayuda. Pero conviene explicar a las familias que el programa es más amplio de lo que su nombre sugiere. Después de revisar sus materiales para estudiantes, docentes y madres, padres y cuidadores, encontramos temas como regulación emocional, relaciones personales, violencia, discriminación, consumo de sustancias, sexualidad, riesgos digitales, redes de apoyo, proyecto de vida y señales que pueden advertir que un joven necesita atención especializada. Hay un acierto que debemos reconocer: el programa no considera que toda tristeza, miedo, enojo o ansiedad sea una enfermedad.
Las emociones forman parte de la vida. La preocupación comienza cuando determinados cambios son intensos, persistentes, interfieren con la vida cotidiana o representan un riesgo. También establece un límite indispensable: el maestro no es psicólogo. Puede observar cambios, escuchar, acompañar, reconocer señales de alerta y canalizar; no debe diagnosticar ni sustituir a un profesional de la salud mental. Esa distinción deberá respetarse en cada escuela. Y precisamente ahí aparece el gran desafío. Si enseñamos a un adolescente a identificar lo que siente y le decimos que hable, tenemos que estar preparados para escuchar lo que quizá no queríamos escuchar. Puede aparecer acoso escolar, violencia digital, consumo problemático, autolesiones, abuso, violencia familiar o una crisis emocional.
Detectar no es atender.
La verdadera evaluación del ABC deberá comenzar cuando un estudiante diga: “necesito ayuda”. ¿Quién lo recibe? ¿Existe personal capacitado? ¿Cuánto tarda la atención? ¿Quién informa a la familia cuando hacerlo es seguro? ¿Qué sucede cuando precisamente el hogar constituye el entorno de riesgo? ¿Quién verifica una semana o un mes después que ese adolescente continúa acompañado? Ahí la política pública necesita algo más que buenos materiales: requiere psicólogos, orientadores, servicios de salud disponibles, protocolos de confidencialidad, mecanismos de protección y rutas de canalización que realmente funcionen.
También debemos evitar otro peligro: que una estrategia bien concebida termine convertida en burocracia escolar. Una hora semanal, una actividad, una fotografía y un formato firmado no significan que una escuela esté cuidando emocionalmente a sus alumnos. De poco servirá hablar de emociones durante una sesión si el resto de la semana se toleran bullying, humillaciones, discriminación o violencia. Para las familias existe además una responsabilidad incómoda pero necesaria. Una guía no nos convierte automáticamente en una red de apoyo.
La confianza de nuestros hijos no se exige: se construye. Preguntar “¿cómo estás?” sirve poco si cuando responden minimizamos sus sentimientos, los comparamos, los ridiculizamos o inmediatamente los reprendemos. Acompañar tampoco significa permitirlo todo. Significa establecer límites sin romper el diálogo; observar sin invadir; escuchar antes de juzgar y reconocer cuándo el problema supera nuestras capacidades.
Y debemos asumir algo más: no todas las familias son necesariamente espacios seguros. El ABC de las Emociones abre una conversación que México necesitaba. Su éxito, sin embargo, no podrá medirse por millones de guías impresas ni por el número de actividades realizadas. Hidalgo, afortunadamente, no parte de cero.
Lleva un paso adelante. Desde hace años cuenta con ¡Actúa Ya!, un Centro de Atención Telefónica de la SEPH concebido para escuchar, orientar y canalizar problemáticas de la comunidad escolar, con atención especializada.
Las de chile seco
En Hidalgo, 340 adolescentes intentaron quitarse la vida en un año: el ABC no puede quedarse en tres letras, tiene que traducirse en ayuda real.
Las opiniones y conclusiones expresadas en el artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición de Quadratín.