Ráfagas: Se reincorpora Canek al Infonavit
PACHUCA, Hgo., 24 de noviembre de 2025.- Muchas de las instituciones de educación superior, presionadas por atraer matrículas, mantienen una oferta académica que no corresponde con las necesidades reales del país. Las llamadas “carreras taquilleras” que llenan aulas con programas tradicionales, populares o de prestigio aparente, se han vuelto una estrategia recurrente, pero profundamente dañina. De ello se desprende un fenómeno preocupante: miles de jóvenes estudian carreras que, difícilmente, al concluirlas, les ofrecerán un empleo estable o bien remunerado.
Lo grave es que esta apuesta por carreras sin futuro no solo afecta a los estudiantes, sino que compromete el desarrollo económico y tecnológico del país. Mientras el mundo avanza hacia sectores como la inteligencia artificial, la energía limpia, la automatización industrial o el análisis de datos, buena parte del sistema educativo mexicano continúa formando profesionistas para mercados que ya no existen.
El Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) advierte que, de mantenerse esta tendencia, para 2050 el país habrá formado 28.7 millones de profesionistas en áreas de baja demanda laboral, mientras que seguirán sin cubrirse vacantes en salud, energía y tecnologías de la información.
Ante las críticas, muchas instituciones aseguran que actualizan sus planes de estudio “de manera permanente”. Sin embargo, al revisar estas transformaciones, se observa que en la mayoría de los casos solo se trata de ajustes superficiales: cambiar el nombre de una materia, reorganizar contenidos, añadir un tema emergente o rediseñar el programa en papel, sin modificar la esencia del perfil de egreso.
No se incorpora lo que realmente define una actualización profunda: nuevas competencias técnicas, habilidades digitales y tecnológicas, tareas interdisciplinarias, módulos de innovación, habilidades para el entorno laboral.
Las reformas se quedan en el discurso institucional o en las mesas de academia, donde se discute hacia adentro y sin evidencia externa. El resultado es un modelo educativo que se mira a sí mismo, pero que dejó de mirar al país.
Hasta hace algunos años, las universidades contaban con profesores provenientes del sector productivo: ingenieros, técnicos, especialistas y mandos medios que, además de enseñar, aportaban una comprensión viva de las necesidades industriales. Ese vínculo se ha debilitado de manera notable. Hoy predominan docentes de tiempo parcial cuya trayectoria se ha desarrollado únicamente en la academia.
No se trata de menospreciar la labor del académico de carrera, indispensable para la investigación y el pensamiento crítico, sino de señalar un desequilibrio peligroso. Sin profesores que vengan de la industria, sin expertos que conozcan la realidad operativa de empresas, talleres o laboratorios, la formación profesional pierde actualidad, pertinencia y contacto con la innovación.
El resultado es evidente: estudiantes que aprenden conceptos desactualizados, instituciones que enseñan prácticas obsoletas y empresas que no encuentran perfiles capaces de integrarse de inmediato al entorno laboral. Según el IMCO, esta desconexión se volverá más crítica en los próximos años, pues México perderá 300 mil técnicos hacia 2050, justo cuando más se necesitarán para sectores estratégicos.
Los subsistemas de bachillerato, tecnológicos, politécnicos y universidades estatales deben asumir con responsabilidad el rediseño de sus programas, con cero simulación y sin miedo a romper inercias.
Hoy más que nunca, México necesita estudios prospectivos que definan qué profesiones crecerán, cuáles se transformarán y cuáles tenderán a desaparecer. En México, esta práctica es prácticamente inexistente. Y sin datos, la educación superior camina a ciegas.
Las opiniones y conclusiones expresadas en el artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición de Quadratín.