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PACHUCA, Hgo., 10 de noviembre de 2025.- Vivimos en un país lleno de música, de tradición y de una variada y exquisita gastronomía. México es una nación con profundo arraigo por sus costumbres. Entre muchas celebraciones mexicanas, destaca una, por su singular manera de mirar a la muerte: el Día de Muertos. En ella, el llanto por los ausentes se transforma en un encuentro con su memoria, en una cita con los que partieron, pero desde la voluntad y el amor por lo vivido.
Durante estos días, los mexicanos burlan a la muerte y le recuerdan que los que se llevó, regresan: se sientan nuevamente a la mesa, ríen, conviven con los suyos y vuelven entre aromas de cempasúchil y copal, ataviados con los colores de los bordados de su pueblo. En cada rincón se respira historia, en cada platillo se saborea la memoria y en cada Fiesta se celebra la vida, incluso cuando se rinde homenaje a la muerte. Estos días, son momentos de convivir con la música, las danzas y el diálogo entre la vida y la muerte, nos recuerda que ningún mexicano se va para siempre. Y menos en Hidalgo.
Esta visión tan profunda y a la vez tan alegre de la vida y la muerte es una de las mayores herencias culturales del país, pero también uno de los mayores retos de nuestros días: ¿cómo lograr que las nuevas generaciones, incorporadas en un mundo globalizado y digital, sigan reconociendo y valorando sus raíces? La respuesta debe encontrarse en la educación. Es en la escuela, junto con la familia, donde se forman las bases de la identidad, los valores y el sentido de pertenencia. Por ello, es urgente que los planes de estudio en todos los niveles impulsen de manera sistemática y significativa el rescate de las tradiciones, la historia local, la lengua originaria y las expresiones artísticas regionales.
La cultura es el común denominador de una sociedad. El lazo invisible que une a personas de distintos orígenes, ideas y generaciones. Es el espacio donde todos cabemos, porque pertenece a todos. En ese sentido, la celebración del Día de Muertos impulsada desde la escuela se convierte en una lección escolar que une y otorga aprendizaje colectivo: al preparar altares, cocinar, bailar o recordar a sus seres queridos, los niños y las niñas descubren que más allá de las diferencias, existen símbolos y valores que los vinculan. Así, la educación cultural no solo preserva tradiciones, sino que también previene la polarización social, fomenta el respeto mutuo y fortalece el sentido de pertenencia, recordándonos que en nuestras coincidencias culturales, se encuentra la verdadera fuerza de nuestra identidad
Fomentar el rescate de tradiciones en el currículo no significa añadir un simple apartado superficial o folclórico, significa reconocer que la educación debe reforzar lo que somos, lo que nos une. Cuando un grupo de niños de preescolar o de primaria, zapatea un huapango en honor a sus muertos, a los suyos; no solo aprenden pasos de baile: aprenden historia, comunidad, respeto a sus ancestros y orgullo por su herencia. La escuela, entonces, se vuelve un laboratorio de mexicanidad, donde los valores se viven y no solo se enseñan.
Además, esta vinculación entre escuela y cultura local fortalece el tejido social. Padres y maestros trabajan juntos en proyectos que involucran a la comunidad: altares, representaciones, talleres de cocina tradicional o cuadrillas de baile. De este modo, la escuela deja de ser una institución aislada y se transforma en un punto de encuentro entre generaciones.
Las tradiciones mexicanas no son reliquias del pasado: son manifestaciones vivas que dan sentido al presente. La escuela, en alianza con la familia, debe ser el principal motor para su preservación y renovación. En tiempos de fragmentación social, rescatar lo que nos une, es un acto de resistencia y esperanza.
Las de chile seco
En la huasteca, no se enfría ni la muerte: todo pica, todo se mueve.
Las opiniones y conclusiones expresadas en el artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición de Quadratín.