Va la nueva Ley de economía digital en México
Una tarea por completar: educar sin competir con la pantalla
PACHUCA, Hgo., 24 de agosto de 2026.- El teléfono celular se ha convertido en nuestra oficina, en buscador de información, en archivo fotográfico, en una herramienta de comunicación personalizada a través de las videollamadas, es una ventana sin restricciones al mundo y su uso puede llegar a consumos adictivos. En México, estamos observando y de alguna forma participando en un debate sobre qué hacer con los teléfonos celulares durante la jornada escolar. La respuesta, a mi juicio, debe ser clara. En primaria y secundaria, el teléfono personal del estudiante debería permanecer apagado y fuera de su alcance durante toda la jornada, incluidos recreos, salvo por razones médicas, de accesibilidad, emergencia o un uso pedagógico expresamente indicado por el docente. Pero sería un error confundir esta medida con una política educativa completa.
El verdadero objetivo no es declarar una guerra contra la tecnología, sino recuperar la atención como condición del aprendizaje. Un teléfono no distrae únicamente cuando suena o cuando el alumno responde un mensaje. Compite permanentemente por su atención mediante notificaciones, redes sociales, videos, juegos y la expectativa de revisar qué ocurrió mientras no miraba la pantalla. Aprender exige, muchas veces, exactamente lo contrario de lo que fomenta el teléfono: concentración sostenida, memoria de trabajo, lectura prolongada, práctica, argumentación y capacidad para tolerar momentos sin estímulos inmediatos. Por eso resulta insuficiente decir que un buen maestro debería ser capaz de mantener a los alumnos interesados. Ningún profesor tendría que competir minuto a minuto contra plataformas diseñadas por empresas extraordinariamente sofisticadas para capturar y retener la atención. Países Bajos ofrece un ejemplo útil. Desde 2024 restringió el uso de teléfonos en las aulas, salvo cuando existen razones pedagógicas, médicas o de accesibilidad.
Las escuelas reportaron además más conversación entre alumnos en salones, pasillos y cafeterías. Incluso surgieron algunos conflictos presenciales adicionales, una consecuencia reveladora: quitar el celular no enseña automáticamente a convivir; simplemente devuelve a la escuela la oportunidad y la responsabilidad de hacerlo. Ahí está la lección para México. Menos celular personal no debe significar menos tecnología educativa. Computadoras, tabletas, laboratorios, proyectores o inteligencia artificial pueden utilizarse cuando un maestro determina que aportan algo al aprendizaje.
Al mismo tiempo, la educación digital tendría que fortalecerse: alfabetización mediática, privacidad, huella digital, desinformación, algoritmos, ciberacoso, estafas, contenidos inapropiados, economía de la atención, inteligencia artificial y autorregulación. También hay beneficios sociales que solemos subestimar. Recuperar el recreo significa recuperar conversaciones, juegos, negociación de reglas, aburrimiento, creatividad y resolución de pequeños conflictos. Restringir los teléfonos también puede reducir la transformación de una discusión escolar en una cadena de grabación, publicación, comentarios, memes, humillación y nuevo conflicto al día siguiente. No acabará con el ciberacoso, que también ocurre fuera de la escuela, pero puede impedir que el plantel sea permanentemente escenario y fábrica de contenido para las redes.
La norma debe entenderse, por tanto, menos como castigo que como una arquitectura de protección. México debería establecer un piso nacional: en educación básica, los teléfonos personales permanecen fuera del alcance del alumno durante toda la jornada. Las escuelas decidirían cómo cumplirlo —casilleros, fundas individuales, compartimentos seguros o dispositivos apagados y guardados—, pero no si la regla existe. Evitaría que cada maestro recoja decenas de aparatos, por los riesgos de daño, pérdida y responsabilidad. La mejor política, entonces, no puede resumirse en “prohibir celulares”. Debe construir escuelas con atención protegida.
Las de chile seco
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