Cada palabra, cada acto, cada intención, incluso cada pronunciación equivocada, es un ejercicio de comunicación política en Andrés Manuel López Obrador.

Es el mejor comunicador que hemos conocido en la historia moderna del país.  Un hombre que maneja empatía, autenticidad, discurso. Que convierte en imágenes lo que dice, que hace que millones de mexicanos vean lo que enumera, y que, sobre todo, provoca esperanza en millones de mexicanos que fueron marginados de toda realidad por los gobiernos que lo antecedieron.

Pretender callar al Presidente que dice, que dice cada instante de su día, que dice a cada paso que da, es un sacrilegio. En todas las acepciones del vocablo.

La intención del INE, del cuestionado titular, Leonardo Córdoba, de silenciar las “mañaneras” es inaceptable. Primero porque significa una infinita falta de respeto a las mayorías que cada mañana están pendientes de los dichos presidenciales, que siguen estas conferencias de prensa a veces hasta con reverencia, como quien va a misa.  Esos millones de mexicanos existen.  Y su voluntad es importante.

A continuación, por respeto da la investidura presidencial, al gobierno todo que encabeza López Obrador. Jamás se hubiesen atrevido con anteriores mandatarios a estas acciones, ni siquiera intentaron investigar todas las ilegalidades mil veces señaladas, que van desde aquellas tarjetas rosas repartidas a votantes hasta infinidad de cochinadas que llenaron páginas y páginas de todos los diarios.

¿Qué instituciones queremos los mexicanos?  Esta decisión arbitraria, que no deberá progresar, obliga al análisis sobre la existencia del Instituto Federal Electoral como lo conocemos, incluyendo los altísimos salarios de sus protagonistas.  ¿Realmente son garantía de imparcialidad y legalidad en las elecciones?  ¿Es que no podemos, como sociedad, cuidar nuestras elecciones sin su interesada participación? ¿De verdad, seguimos siendo niños que deben ser vigilados por sus mayores?

En su momento el INE significó una opción de cambio necesaria. En su momento, hace muchos años.

La soberbia con que Lorenzo Córdoba, esgrimiendo leyes a modo, dictamina que millones de mexicanos somos tontos e influenciables, que escuchar al Presidente de la República obliga a un voto contra toda razón, es un agravio que no merecemos.

Las “Mañaneras” son, han sido, la invaluable oportunidad de cuestionar al gobierno, al mismo Presidente de la República.  Son el mejor ejercicio de libertad de expresión, aprovechado o ignorado por periodistas y medios de comunicación.  Son, han sido, la mejor expresión del cambio político que vivimos al poner de cara a los críticos al primer mandatario. Me consta la inmensa libertad que existe en ese espacio de diálogo, y la oportunidad inmensa de confrontar al poder político con la realidad.

Así fuese por unos días, silenciar lo que ahí se dice, lo que todos, periodistas y Presidente, ahí dicen, es un retroceso inaceptable.  Hemos caminado muchos años en silencio, sin oportunidad de preguntar, denunciar, cuestionar, puntualizar las acciones, los faltantes del gobierno en turno.  Ese silencio es, todavía hoy, una tributación que nos pesa.  Fuimos sumisos a los gobernantes en silencio, y quienes nos atrevimos a romper el silencio pagamos precios muy altos.  Hoy somos dueños de la palabra, de una palabra que confronta cada mañana al poder presidencial.

Por eso quienes más perderíamos con la pretensión del INE de silenciar las mañaneras seremos los mexicanos que hemos asumido la libertad de expresión con ruido, con estridencia, con vocablos tabasqueños, con críticas y hasta ofensas.  Todo menos el silencio que padecimos.

Las opiniones y conclusiones expresadas en el artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición de Quadratín.