Filosofía sin escrúpulos
PACHUCA, Hgo., 16 de junio de 2026.- El fútbol, deporte de identidad popular por excelencia, se ha distanciado de sus orígenes con motivo de la Copa Mundial de la FIFA México-Estados Unidos-Canadá 2026. El presente artículo analiza la colisión entre el derecho de acceso a la cultura y al deporte, los privilegios fiscales otorgados a los organizadores, y el deber constitucional de representación del titular del Ejecutivo Federal.
En julio de 1930 se celebró en Uruguay la primera Copa Mundial de Fútbol, con la participación de solo 13 selecciones nacionales, 9 del continente americano y 4 europeas. México participó en aquella justa, perdiendo todos sus encuentros.
Posteriormente se celebraron las Copas del Mundo en Italia, en 1934, y en Francia, en 1938. La Segunda Guerra Mundial obligó a suspender dos ediciones del torneo, reanudándose hasta 1950 con su cuarta celebración. Durante la ocupación alemana en Italia, los nazis intentaron apoderarse del trofeo Jules Rimet. En ese tiempo Italia era la campeona vigente y resguardaba la copa, la cual fue escondida para evitar que cayera en manos alemanas.
Algo que siempre ha caracterizado al fútbol ha sido su pertenencia e identidad con la clase popular. Todos conservamos el recuerdo de la infancia jugando en un patio escolar, en la calle o en una cancha de tierra, usando como balón una botella de plástico rellena de papeles, con la portería delimitada por piedras o mochilas.
Es el deporte del pueblo por excelencia, a diferencia de otras disciplinas que exigen mayores gastos para su práctica. Los partidos de fin de semana representan un espacio de esparcimiento para los trabajadores, sin que ello implique una erogación considerable. Asistir a un estadio en México para ver a los equipos de la liga nacional representa un gasto de 200 a 300 pesos en la localidad más económica, lo que permite que muchas familias acudan a ver a sus jugadores favoritos.
La realidad de la Copa Mundial de 2026 es otra. Es considerado el torneo más caro en toda la historia del fútbol. Los precios de los boletos oscilan entre los 15,000 pesos en la localidad más barata y hasta los 150,000 pesos en lugares preferenciales. Esto contrasta con la realidad de un país donde el 35 por ciento de la población vive en pobreza o pobreza extrema.
Este deporte se está alejando de sus orígenes y se convierte, cada vez más, en un negocio jugoso para sus organizadores, quienes además cuentan con beneficios fiscales en México con los que ningún otro contribuyente cuenta. Lo anterior de conformidad con el artículo Vigésimo Quinto Transitorio de la Ley de Ingresos de la Federación para el Ejercicio Fiscal de 2026.
Tenemos un Mundial en nuestro país al que no podemos asistir por sus precios exorbitantes. Tampoco podemos verlo en restaurantes o bares, pues aunque muchos partidos son transmitidos por televisión abierta, dicha transmisión es únicamente para uso doméstico no comercial, y los costos de licencia para los empresarios restauranteros resultan extremadamente altos y poco redituables. Aunado a lo anterior, el Gobierno Federal y los gobiernos locales están desalentando la instalación de pantallas en plazas públicas, como ocurría en ediciones anteriores.
En consecuencia, tenemos un Mundial en nuestro país al que no podemos asistir ni ver por televisión en espacios públicos. Dicho torneo está dejando ganancias millonarias a personas que se las llevarán fuera de México sin pagar los impuestos correspondientes.
En este contexto, debe señalarse que la Presidenta de la República no acudió a la inauguración del evento, con el argumento de que el torneo es muy caro e inaccesible para la gente pobre del país.
Contrario a este pretexto de la titular del Ejecutivo, durante las anteriores ediciones mundialistas celebradas en México, en 1970 y 1986, los presidentes de la República asistieron a la inauguración, a pesar de los abucheos.
Una Presidenta que no acude a eventos donde las personas disienten y opinan diferente, es representante solo de una parte de la población. México es uno solo. El presidente en turno es representante de todos los mexicanos, no solo de los que votaron por él o de los que lo adulan. Basta de berrinches y desaires, basta de desacreditar a los opositores.
El mandato constitucional establecido en el artículo 87 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos señala que el Presidente de la República desempeñará leal y patrióticamente el cargo que el pueblo le ha conferido; no su partido, no sus seguidores, no sus fans. Hay que respetar la ley. Nuestra representante debe hacerlo tanto en los momentos de aplausos como en aquellos donde existan problemas.
Al anterior presidente de la República, López Obrador, le encantaba acudir a los estados y escuchar cómo le aplaudían mientras abucheaban a los gobernadores. Hoy las cosas están cambiando. Así como antes exhibieron a gobernadores, que den la cara quienes no han sido buenos gobernantes para recibir el abucheo de la población.
Las opiniones y conclusiones expresadas en el artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición de Quadratín.