Ráfagas: Crespo presume encuesta donde ni aparece
PACHUCA, Hgo., 15 de septiembre de 2025.- En México, 1980 y 2025 no parecen ser distintos; seguimos observando a niñas y niños que llegan a las aulas con prejuicios aprendidos en casa, actitudes que se transmiten como herencia silenciosa y que la escuela, por sí sola, no logra transformar. Como sociedad, hemos avanzado en leyes, derechos y discursos, pero las prácticas discriminatorias y los estereotipos de género, sexualidad y etnicidad continúan marcando la vida escolar de millones de estudiantes.
Las investigaciones son contundentes: desde su nacimiento, niñas y niños reciben mensajes distintos sobre lo que “deben” ser y hacer. Víctor Lavy lo documentó en 2019, cuando identifica, cómo las percepciones en la familia sobre un integrante o integrantes sobre su capacidad académica, influyen en las calificaciones, limitando las trayectorias educativas. Así las etiquetas hacia el exterior, aprendidas desde casa, alimentan el comportamiento hacia los demás.
Por otro lado, al revisar el informe de 2022 de la evaluación de la OCDE observé brechas persistentes: los varones aventajan a las mujeres por 12 puntos en matemáticas, mientras ellas los superan por 8 en lectura. Estas diferencias no son biológicas, sino culturales; refuerzan la tendencia del alejamiento de las niñas a carreras STEM y normalizan que los niños rechacen actividades asociadas con el cuidado.
La situación es aún más compleja para estudiantes indígenas en entornos urbanos. Meléndez-Grijalva (2023) muestra que la discriminación, las barreras lingüísticas y las bajas expectativas generan una sensación de “no pertenencia” que lleva a muchos a ocultar su identidad. Testimonios en Yucatán y Quintana Roo describen burlas, invisibilización y microagresiones diarias; algunos jóvenes guardan este desprecio, alimentando lo que especialistas llaman “síndrome del conquistado”: una autoexclusión que perpetúa la desigualdad.
La discriminación también golpea a estudiantes LGBT+. La UNESCO, en 2020, documentó que más del 60% ha sufrido acoso escolar en América Latina. La falta de representación positiva en los libros de texto refuerza su invisibilidad, mientras que las políticas de protección suelen quedarse en papel ante una realidad marcada por insultos, violencia verbal y rechazo.
Todo esto ocurre en aulas donde convergen niñas y niños que ya llegan con creencias moldeadas por su entorno familiar. Si los hogares siguen reproduciendo estereotipos, la escuela se enfrenta a un desafío titánico: enseñar a leer, escribir y sumar, mientras desmantela prejuicios sembrados desde la cuna. 1980 no es distinto a 2025 si seguimos formando generaciones con la misma mirada rígida hacia el género, la orientación sexual y la diversidad cultural.
Aun así, la evidencia internacional demuestra que el cambio es posible. Para lograrlo, como en muchos otros países, se requiere una estrategia que se mire desde muchos lados. Nuestro país necesita una estrategia integral: capacitación docente constante en interculturalidad, género y diversidad sexual, revisión periódica de materiales para garantizar representación de mujeres, estudiantes LGBT+ e identidades indígenas.
Protocolos claros contra racismo y violencia dentro de las escuelas, pero no solo tenerlos, sino aplicarlos en todo momento.
La escuela no puede sola. Familias, comunidades y medios de comunicación deben formar parte de una transformación cultural profunda. Cada gesto, cada palabra en casa, refuerza o rompe prejuicios. Si un niño llega a la escuela con una mentalidad abierta y respeto por la diversidad, la labor docente se potencia. Si llega con actitudes de desprecio, la educación se convierte en una carrera cuesta arriba.
Las de chile seco
Cada poalabra que enseñamos sin prejuicio, es una semilla de libertad en el corazón de un niño
Las opiniones y conclusiones expresadas en el artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición de Quadratín.