Ráfagas: Chapulineo partidista
Texto escrito en colaboración con Gabriel López Gálvez.
PACHUCA, Hgo., 20 de agosto de 2026.- A comienzos del siglo XX, el imperio ruso atravesaba por una transformación radical. La revolución industrial, las nuevas tecnologías y, finalmente, la Revolución de Octubre de 1917 alteraron no solamente la estructura política del país, sino también la manera en que muchos artistas entendían su propia existencia. De ahí surgió el constructivismo. Frente a la idea tradicional del artista como alguien que contemplaba y representaba la realidad, los constructivistas querían convertirse en constructores. El arte dejó de estar sobre un pedestal y se adentró en las fábricas, en las calles, en las viviendas, en los periódicos y en los objetos cotidianos. Las composiciones ya no tenían que ser solamente estéticas, sino debían servir para que se comunicara algún mensaje. Un diseño debía poder participar en la producción de una nueva vida.
La geometría, entonces, dejaba de ser simplemente una cuestión estética. El círculo, el cuadrado, la diagonal, el volumen y el contraste se habían convertido en herramientas. La abstracción podía ser una nueva forma de ordenar el mundo. Pero detrás de esta revolución estética se empezó a preguntar para quién iba dirigido el arte. Durante siglos, gran parte del arte había estado ligado a las instituciones, las élites y los espacios destinados a la contemplación. El constructivismo quiso romper esta distancia. Los artistas debían dejar de producir objetos aislados y comenzar a participar en la construcción de la vida cotidiana. Además de que entre 1913 y 1920 los artistas ya estaban experimentando con el suprematismo, futurismo y el cubismo. Vladimir Tatlin, por ejemplo, empezó a hacer obras con materiales "reales" como madera, metal y vidrios, dejando a un lado el lienzo. También buscaban un nuevo orden social con un cambio de imagen radical que ayudara a comunicar sus ideas mediante formas universales, ya que al pasar al socialismo que, como sabemos, busca que las oportunidades sean equitativas, y al ser un país enorme con un índice bastante alto de analfabetismo, querían que todos pudiesen entender la propaganda mediante este nuevo arte, también como una manera de educar a la población.

Aquí empezaron a aparecer varios constructivistas, como Lyubov Popova, Naum Gabo y Aleksandr Rodchenko, quien utilizaba fotografía, tipografía enorme, diagonales y colores fuertes para captar inmediatamente la atención y dar un mensaje.
La obra de Rodchenko precisamente se describe como constructivista, antes de que se publicará el Manifiesto Realista, donde finalmente se explicaron las ideas de este movimiento.
Bajo este contexto apareció la Vkhutemas, fundada en Moscú en 1920, ya que el ahora estado socialista quería formar una nueva generación de artistas, arquitectos y diseñadores capaces de crear la cultura material en esta nueva sociedad. La escuela intentó hacer algo extraordinariamente moderno para su época: borrar las fronteras entre arte, arquitectura, diseño, tecnología e industria. Los estudiantes no debían limitarse a aprender a dibujar edificios o a copiar modelos anteriores. Debían experimentar con el espacio, el color, la materia, la estructura y la composición; empezando por comprender los elementos fundamentales antes de utilizarlos para crear. La Vkhutemas fue, un laboratorio para imaginar cómo podría ser una sociedad que todavía no existía.
Si bien el constructivismo tuvo origen en el imperio ruso, después de la revolución de octubre se esparció a otras repúblicas como Ucrania, Bielorrusia, Azerbaiyán, Armenia y Georgia, incluso estas mismas empezaron a tener su propia identidad. Más tarde se unieron repúblicas de Asia central, como Uzbekistán y Kazajistán, al movimiento.
Con la consolidación del poder de Stalin a finales de los años veinte, la cultura soviética comenzó a dirigirse hacia una mayor centralización. La experimentación dejó de ser necesariamente una virtud. El arte debía ser aún más comprensible, políticamente útil y compatible con la nueva imagen que el Estado quería proyectar.
La abstracción comenzó a ser acusada de formalismo. La experimentación empezó a parecer sospechosa. Lo que alguna vez había sido una herramienta para imaginar una sociedad diferente podía convertirse, desde la perspectiva del poder, en una forma de desviación.
En 1930, Vkhutemas fue disuelto. Pocos años después, el realismo socialista se consolidaría como la estética oficial soviética. Y aquí surge la paradoja, la historia del constructivismo sigue siendo relevante un siglo después. Una revolución que había prometido transformar la sociedad necesitaba primero destruir las formas antiguas. Pero, una vez consolidado el nuevo poder, también necesitó controlar las formas nuevas.
El arte había sido convocado para construir la revolución, pero terminó teniendo que representar la revolución de acuerdo con las reglas del Estado. El constructivismo quiso trasladar el arte de los museos y llevarlos a la vida, pero cuando el Estado comenzó a determinar qué debía decir ese arte a la sociedad, la liberación de la estética podía convertirse fácilmente en otra forma de control. Y quizá esta sea una de las contradicciones inevitables de todo proyecto que intenta construir una sociedad nueva, pues quien pretende construir el futuro también corre el riesgo de querer diseñarlo completamente.
El constructivismo había entendido que una sociedad no estaba hecha solamente de leyes y edificios, sino también de imágenes, objetos, espacios y símbolos. Había entendido que diseñar una silla, un cartel o una vivienda podía ser una forma de intervenir en la vida humana. Pero el poder también comprendió eso. Por eso la historia del constructivismo no debería leerse únicamente como una historia de formas geométricas, edificios imposibles y carteles revolucionarios. Es también una historia sobre el peligro de convertir la cultura en instrumento de una única verdad; la Vkhutemas es especialmente simbólica en ese sentido. Una escuela que pretendía enseñar a los estudiantes a experimentar con las posibilidades del futuro terminó desapareciendo cuando el futuro dejó de ser una pregunta abierta.
Una sociedad puede pedirle al arte que sea útil. Puede pedirle que cuestione, que comunique, que transforme. Pero cuando exige que el arte tenga una única respuesta, deja de pedirle que construya y comienza a pedirle que obedezca. Quizá por eso el constructivismo sigue resultando tan contemporáneo, porque todavía vivimos rodeados de objetos diseñados para nosotros, edificios que organizan nuestras relaciones, imágenes que intentan convencernos de algo y espacios que determinan silenciosamente cómo nos comportamos. Seguimos construyendo.
Ahora nos preguntamos: ¿quién está diseñando nuestra realidad y para quién?
Las opiniones y conclusiones expresadas en el artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición de Quadratín.