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Foto: Especial

La inocente polvorita: El puente de La Coyota

Anselmo Estrada Alburquerque
 
| 16 de Febrero de 2017 | 11:42
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PACHUCA, Hgo., 16 de febrero de 2017.- Los escasos vestigios históricos de la ciudad de Pachuca y sus alrededores se están perdiendo irremediablemente, tal como sucede con la antigua estructura del puente de La Coyota situada sobre la prolongación de la calle Fernández de Lizardi, colonia Buenos Aires, que en los remotos tiempos de la explotación minera comunicaba con la población minera de San Guillermo-La Reforma, cabecera del presente municipio de Mineral de la Reforma.

La actual calle de Fernández de Lizardi era el camino real que recorrían diariamente cientos de mineros que laboraban en las minas San Francisco, Santa Gertrudis, Dos Carlos, San Guillermo, entre otras y en la hacienda de beneficio Molino Nuevo, pertenecientes al viejo real de La Reforma.

El puente de La Coyota fue construido para salvar el vado del arroyo de aguas broncas durante las temporadas de lluvias que  provenían de los cerros de Azoyatla. Ese arroyo se llamó de Sosa, por quién sabe qué motivos, y daba forma a un pequeño embalse llamado Las Lanchitas, cercano a la mina Tiro Tula.

Con el tiempo Las Lanchitas desaparecieron y el arroyo corría y corre a lo largo de la avenida Rojo Gómez y se enlaza con el río de las Avenidas.

El antiguo camino de La Surtidora a La Reforma llegaba a Santiago Calazabas y proseguía cerros arriba hasta San Guillermo-La Reforma, a Dos Carlos, Molino Nuevo y a la subestación eléctrica de Planta Nueva de la entonces Compañía de Luz y Fuerza del Centro. En San Guillermo, en la década de 1940, fue construido un edificio de tabique que albergó al palacio municipal hasta la década de 1960, en que los poderes municipales se trasladaron a la población de Pachuquilla.

Ese viejo camino y el antiguo puente de La Coyota forman parte de la historia de Pachuca y del nunca reconocido Real de Minas de La Reforma que fue tan importante como los reales de Pachuca, El Chico y Real del Monte.

Transcribo mínima parte de los recuerdos escritos por don Ramón Santamaría López en su libro Relatos mineros, relacionados con el tema:

“Donde hace esquina la calle de Fernández de Lizardi (estaba) la representativa tienda del Portalito con sus andaluces poyitos de tabique rojo y sus aleros llenos de golondrinas. Quiero perpetuar que el viejo barrio de La Surtidora no tenía límites ni en calles ni en sentimientos. La calle aun sin pavimentar seguía siendo el camino de los mineros  a La Reforma (San Guillermo) y Dos Carlos; en esta larga calle que en el lejano tiempo se llamó avenida Reforma, estuvo saturada de familias mineras y de pulquerías, la alegría de esta calle de los años 1940—1950”.

Remato con la siguiente historia:

El puente de la Coyota

El siguiente es un relato real.

Todo comenzó porque me sentí muy macho, muy conquistador. ¡Maldita la hora!

Había estado con los amigos en una cantina del pueblo San Guillermo. La tertulia se prolongó y cuando me di cuenta ya había salido el último camión que hacía servicio a la ciudad de Pachuca. Poco más que alegre y después de despedirme de los amigos, enfilé por el camino. Anduve varios kilómetros, solitario, a mitad de la carretera, con la luz de una luna esplendorosa. Mis pasos de ebrio no se encontraban con las piedras. Los tropezones eran esporádicos.

De pronto, a cierta distancia, adelante de mí vislumbré una figura de mujer: larga cabellera, con un vestido como de gasa, revoloteando en la noche quieta. Pensé: “puede ser un ganchito, mejor no le hago caso”. Seguí avanzando y la mujer iba  siempre adelante de mí, a la misma distancia. Eso me tentó. Le hablé varias veces, pero no volteaba. En la carretera donde se forma un columpio—de bajada y de subida– me detuve, mire hacia uno y otro lado y cuando lo hice hacia adelante ya no encontré a la mujer.

Había llegado al puente de “La Coyota”, subí la pequeña pendiente, bajé por una zanja y me metí entre los magueyes. La mujer había desaparecido.

Después de que había buscado a esa mujer y ascendido el pequeño columpio del camino, resignándome a que había perdido una aventura, comencé a caminar, pero sentí en mis espaldas un gran peso. Comencé a sudar, a pesar del frío reinante. El alcohol, que me había dado ánimos para seguir al velo flotante, transparente a la luz de la luna, se disipó en mi cerebro. Ahora, la euforia se tornaba en miedo y el miedo en pánico.

Quise correr, pero sentía las piernas como pesados plomos, y a mis espaldas ese peso que me agobiaba, me traspasaba el cuerpo y hacía subir a mi garganta algo como un  nudo de trapo. Quería dar grandes zancadas y lo único que conseguía eran traspiés, de perseguido alucinado. ¡Ay, mamacita!, clamaba en mis adentros.

Emprendí la marcha hacia mi casa. Paulatinamente sentí bochorno; el calor me subía a las sienes y al mismo tiempo se me helaba la espalda. El frío recorría de la cabeza a los pies; lo helado casi me paralizaba. Quise correr y no pude, las piernas como que querían clavarse en el suelo. Quería gritar o llorar, pero mis labios no se abrían. Mis quijadas estaban trabadas. Al tratar de caminar, no podía, tenía que adelantar primero una pierna y luego la otra pierna. Caminé así, sintiendo lo helado tras de mí, muchos metros que se me antojaban kilómetros. No osaba voltear. Tenía la certidumbre de que detrás de mi estaba la mujer.

Al llegar al barrio de La Surtidora recobré el aliento y la calma. Ya me sentía un poco tranquilo, pero antes de llegar a casa, en el barrio de La Granada—calle Reforma con Nicolás Bravo–, el pensamiento de esa mujer que desapareció en el puente de La Coyota me inquietó y me hacía la pregunta ¿sería bonita esa mujer o tendría cara de mula, como decían las viejas leyendas?

(Este relato real fue producto de una plática con don José Sánchez Moscosa (ya finado), padre de mi esposa y abuelo de mis hijos).