Ayotzinapa entre sombras: La deuda de AMLO
PACHUCA, Hgo., 2 de marzo de 2026.- Durante décadas, el multilateralismo se presentó como un antídoto contra la guerra. La idea era simple: si los Estados se sientan a dialogar bajo reglas comunes, la fuerza deja de ser la primera opción. Instituciones como la ONU, la OTAN o la Unión Europea encarnaron esa promesa de cooperación permanente. Sin embargo, en el contexto actual de guerras abiertas y agendas nacionales paralelas, ese modelo se encuentra en crisis.
Los mecanismos de consenso, pensados para proteger a todos, se convierten en bloqueos cuando las potencias chocan o cuando las agendas no convergen. Vetos, negociaciones interminables y comunicados ambiguos retrasan decisiones urgentes. Mientras los órganos deliberan, los problemas escalan. La lentitud institucional termina teniendo costos humanos y económicos.
Muchos gobiernos utilizan los foros multilaterales para posicionarse, no para resolver. Se negocia el discurso más que las soluciones reales, se firman declaraciones no vinculatorias. El resultado es una diplomacia que produce símbolos, pero pocos cambios verificables. La norma existe, pero no se cumple y esto no se castiga.
Cuando el sistema global no funciona, surgen alianzas parciales y bloques regionales con reglas propias. En lugar de coordinación, aparece superposición. Cada grupo protege sus intereses y el diálogo transversal se reduce. Problemas globales quedan a merced de agendas paralelas y que no encuentran puntos de convergencia.
Esto lleva a un desgaste de las agencias multilaterales. Las decisiones parecen lejanas a la ciudadanía, técnicas y poco transparentes. Esa distancia alimenta discursos nacionalistas que prometen soluciones rápidas y unilaterales. Así, la desconfianza interna debilita aún más la cooperación externa.
El multilateralismo no requiere únicamente de generar instituciones; requiere de voluntad real para cumplir acuerdos y construir mecanismos eficaces de seguimiento. De lo contrario, las cumbres se vuelven escenografía y anécdotas. Muchas banderas, pocas decisiones, cero consenso. Y en tiempos de conflicto, esa brecha entre forma y fondo puede ser tan riesgosa como la ausencia total de cooperación.
Las opiniones y conclusiones expresadas en el artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición de Quadratín.