Radar Político: Estrecha coordinación
PACHUCA, Hgo., 15 de diciembre de 2025.- Alguna vez escuché que la comunidad es una forma de vida que solo se entiende al pertenecer a una. Procesos como la toma de decisiones, el trabajo comunitario, las mayordomías, entre otros, pueden definirse conceptualmente, pero su comprensión profunda solo se alcanza cuando se viven desde dentro, cuando se participa de sus tiempos, acuerdos, tensiones y celebraciones.
La cultura viva se presenta en las comunidades de manera cotidiana: se come, se huele, se siente, se habla; se baila y se canta. Está presente en los sistemas de creencias, en las técnicas artesanales, en las fiestas, en los saberes transmitidos de generación en generación. La mejor manera de preservarla no es únicamente registrarla, sino practicarla, permitir que siga cumpliendo una función social y simbólica en la vida diaria de las personas.
Investigar, documentar y difundir el patrimonio cultural inmaterial es fundamental, pero generar y preservar las condiciones para que este continúe vivo resulta aún más relevante. Esto implica reconocer a las comunidades como portadoras de conocimiento, fortalecer sus capacidades organizativas y garantizar que los contextos sociales, económicos y culturales permitan la continuidad de estas prácticas.
El trabajo comunitario y el impulso a proyectos de base que surgen desde y con las comunidades se han convertido en una vertiente central para la política cultural contemporánea, atrayendo cada vez más apoyos y esquemas de financiamiento. No se trata de intervenir desde fuera, sino de acompañar procesos, respetar ritmos y potenciar iniciativas que ya existen en los territorios.
Como lo mencioné al inicio, la comunidad es una forma de vida, y la cultura viva se mantiene en su práctica cotidiana, en la participación colectiva y en el sentido de pertenencia. Mientras las comunidades sigan encontrando en sus expresiones culturales una manera de nombrarse, organizarse y proyectarse hacia el futuro, la cultura seguirá viva, no como una pieza de museo, sino como una experiencia compartida y en constante transformación.
La cultura, por estar viva, puede adaptarse, transformarse y resistir. Desde la interculturalidad, la memoria y la tradición; por eso, garantizar que la base comunitaria se preserve y se fortalezca no es solo un acto de gestión cultural, sino una responsabilidad profunda: de ello depende que la cultura siga latiendo como identidad compartida y no se apague en el silencio de lo que deja de practicarse.
Las opiniones y conclusiones expresadas en el artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición de Quadratín.