Ráfagas: Se reincorpora Canek al Infonavit
PACHUCA, Hgo., 15 de diciembre de 2025.- Un amigo mío, con muchos años de experiencia en la docencia universitaria, me reveló hace poco que disfruta mantenerse fiel a la práctica del pizarrón. Me confesó que se siente cómodo dentro de esas estructuras didácticas que lo han acompañado toda una vida, y que observa con inquietud cómo el uso de la inteligencia artificial u otras herramientas digitales parecen distraer a muchos jóvenes de su propósito de vida.
Incluso comentaba, sorprendido, que recientemente se han presentado demandas contra sistemas de IA porque algunos estudiantes los buscan como si fueran terapeutas, un reflejo de la confusión emocional y social que atraviesan ciertas generaciones.
Esa conversación me dejó una impresión profunda. El pizarrón, para muchos docentes, no es únicamente un instrumento: es un símbolo de claridad, de orden mental, de una pedagogía en la que el maestro guía el pensamiento paso a paso, construyendo conocimiento a la vista de todos. Esa estructura transmite seguridad, identidad profesional y un sentido de continuidad con la tradición educativa. No es extraño que algunos educadores sientan que, si renuncian a ello, renuncian también a una parte de sí mismos.
Sin embargo, vivimos un tiempo en el que el aprendizaje se expande a una velocidad que no habíamos imaginado. La tecnología no es solo una herramienta más: ha modificado los modos de procesar información, los ritmos de atención, las expectativas de inmediatez y la forma en que los jóvenes construyen significado. En este contexto, aferrarse únicamente al pizarrón puede generar una brecha pedagógica que limita el alcance del maestro y desconecta a los estudiantes de la experiencia que necesitan para desenvolverse en su realidad. El pizarrón puede seguir siendo el punto de partida, pero ya no puede ser el único lugar donde ocurre el aprendizaje.
También es fundamental que los propios maestros se sientan acompañados y motivados en este proceso. La actualización no debe vivirse como una imposición, sino como un camino para fortalecer su vocación. La función del maestro siempre ha sido un acto de adaptación: nuevas formas de enseñar, nuevos contextos, nuevas preguntas. Hoy esa adaptación implica aprender a convivir con nuevos paradigmas que, usados con intención, enriquecen la enseñanza, en lugar de desplazarla.
Porque, finalmente, la preocupación de mi amigo y quizá de muchas maestras y maestros —esa sensación de que la tecnología distrae y desenfoca— solo se resuelve con una guía más sólida, no con menos innovación. El propósito de vida no se pierde por usar herramientas modernas; se pierde cuando los jóvenes carecen de modelos que les enseñen a navegar la complejidad del mundo actual. Y ahí, más que nunca, la figura del maestro, desde mi punto de vista, es insustituible.
La educación vive un momento de expansión acelerada. A los docentes les corresponde no solo transmitir conocimiento, sino encarnar el espíritu del aprendizaje constante. Adaptarse no significa abandonar su historia; significa dar un paso adelante para seguir siendo relevantes, cercanos y transformadores.
El pizarrón seguirá siendo parte esencial de la enseñanza, porque el pensamiento nace muchas veces del trazo. Pero hoy, el mundo exige que ese trazo conviva con herramientas que permitan llegar más lejos. No se trata de abandonar la forma de enseñar, sino de ampliarla.
Actualizarse no es una obligación externa: es un acto de evolucionar, de amor por la vocación y de compromiso profundo con las nuevas generaciones. Es, en cierto modo, una declaración de que uno mismo como maestro, aprende: la convicción de seguir siendo faro en medio del ruido, de que las voces de las maestras y los maestros, sigan siendo los que reconocen el potencial, incluso donde hay incertidumbre. La verdadera modernidad no reside solo en la tecnología, sino en el coraje de seguir aprendiendo a través de los años frente al grupo.
En México, se destinan 96 pesos para capacitación por docente, al año.
Las opiniones y conclusiones expresadas en el artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición de Quadratín.