Ayotzinapa entre sombras: La deuda de AMLO
PACHUCA, Hgo., 13 de octubre de 2025.- Hidalgo, conoce el lenguaje del viento y del agua. No es la primera vez que sus montañas tiemblan ni que sus ríos desbordan. En 1990, el huracán Diana marcó un antes y un después: comunidades enteras quedaron incomunicadas, los deslaves borraron caminos, y los ríos en la huasteca, se convirtieron en un monstruo que rugía. La memoria colectiva aún guarda aquel miedo, pero también la solidaridad que nació de la tragedia. Décadas después, el sismo del
19 de septiembre de 2017 volvió a recordarnos la fragilidad de nuestras construcciones y la fuerza del corazón humano. Aunque el epicentro no estuvo cerca, Pachuca y el Valle del mezquital sintieron las vibraciones, y las escuelas, esas casas del saber, fueron nuevamente fortaleza, punto de encuentro y símbolo de resiliencia. En 2021, una tormenta torrencial azotó la región de Huejutla: las lluvias lastimaron viviendas en la zona de Tehuetlán, los cerros volvieron a ceder. Así, en al menos estos tres momentos, que describo previamente, se gestó un modelo de enseñanza en la adversidad, donde la educación se volvió acto de resistencia y esperanza.
Ahora, en este 2025, en Hidalgo, particularmente en la huasteca, en la sierra, en la sierra gorda, en más de 30 municipios de la entidad, el huracán Priscila dejó su huella, triste, dura. Localidades como Tepehuacán de Guerrero, sintieron deslaves que bloquearon caminos entre veredas. En Calnali, su principal río, mostró sus majestuosas corrientes en la comunidad de Papatlatla, mientras los vecinos observaban el cielo repleto de gotas interminables. En Xochiatipan, la lluvia rugió con fuerza. En Tianguistengo, imagino que alguien colocó una lupa para ver, con mayor claridad, las gotas que, segundo a segundo, transminaban y mojaban sus viviendas y sus pertenencias. No es difícil imaginar la tristeza, el vacío y la frustración.
No tengo un recuento exacto de cada historia personal, pero sabemos que al menos, 22 vidas se apagaron. Que más de mil hogares quedaron con heridas abiertas, y que 308 escuelas fueron alcanzadas por daños o agua y de las cuales, 132 de nivel básico, cerraron puertas temporalmente, mientras otras optaron por el destello digital, como puente precario hacia la continuidad.
Estos números pesan en la sociedad y en el sector educativo, más. Detrás de cada escuela afectada hay una docente que lamenta su escuela dañada. Una comunidad, un poblado que ve su futuro interrumpido. No somos sombras ante la naturaleza: somos cuerpos que tiemblan, pero que también pueden erguirse, resistir, recomenzar.
En tiempos como estos, nos toca prepararnos, no con temor, sino con convicciones claras. Volvernos vigilantes del entorno: construir con calidad muros de contención, techos que drenen, zanjas que infiltren agua. Reforestar: no es una cura mágica, pero sí una barrera viva frente a la erosión y al desbordamiento. Inculcar conciencia climática desde casa, desde el primer grado, para que cada niño sepa que su acción local importa en el tejido global.
Y en la escuela, ese santuario de futuro, no basta con impartir lecciones pasivas: El currículo escolar debe abrazar la gestión del riesgo y el cambio climático, no como tema extra, sino como materia vital. Que las escuelas sean pequeños ecosistemas: huertos que retienen agua, colectores pluviales, viveros que enseñan desde la raíz. Integrar a la comunidad: que padres de familia, vecinos y gobierno participen en la escuela como espacio de prevención, no solo de espera. En Hidalgo nos duelen las pérdidas, más también nos enseña, que una sociedad junto con la educación no se suspende ante el desastre: se reinventa. Se solidariza. Se planta Firme como semilla que resiste el viento. Porque reconstruir, remodelar una vivienda, una escuela, no es voltear ladrillos: es resembrar esperanza.
La tormenta llega después del huracán. El duelo no lo podemos ver ajeno.
Las opiniones y conclusiones expresadas en el artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición de Quadratín.