Radar Político
PACHUCA, Hgo. 25 de mayo del 2026.- El verdadero debate sobre el nuevo modelo de evaluación de la SEP no está únicamente en la asistencia escolar ni en la desaparición parcial de la reprobación. El fondo del problema es mucho más delicado: hoy existe la percepción creciente de que los estudiantes pueden avanzar de grado aunque falten, aunque reprueben, aunque todavía no hayan consolidado los aprendizajes básicos y aunque las evaluaciones formativas sigan mostrando importantes rezagos académicos. Y esa preocupación no es menor.
La intención oficial tiene una lógica social comprensible. Durante años, miles de niñas, niños y adolescentes abandonaron la escuela debido a condiciones de pobreza, violencia, migración, enfermedad o desintegración familiar. Frente a ello, el nuevo modelo busca disminuir los "candados" administrativos que históricamente terminaron expulsando a estudiantes vulnerables del sistema educativo. El problema es que una cosa es evitar la exclusión escolar y otra muy distinta es debilitar la exigencia académica. Porque cuando la permanencia se convierte en el objetivo principal, existe el riesgo de que el aprendizaje quede en segundo plano. Y ahí es donde muchas familias y docentes encuentran la mayor inquietud: una escuela demasiado flexible puede terminar enviando el mensaje de que el esfuerzo, la disciplina, la constancia y el dominio de conocimientos básicos ya no son indispensables para avanzar.
En teoría, la evaluación formativa pretende acompañar mejor a los estudiantes, identificar dificultades y ofrecer apoyo pedagógico oportuno. Pero en la práctica, muchos maestros enfrentan grupos saturados, falta de tiempo, exceso de carga administrativa y ausencia de herramientas reales para dar seguimiento individual. Bajo esas condiciones, la evaluación formativa corre el riesgo de convertirse únicamente en una narrativa más amable, pero no necesariamente más efectiva. Y entonces aparece una de las mayores contradicciones del sistema actual: alumnos que avanzan de grado sin haber consolidado lectura, escritura, comprensión o razonamiento matemático básico. Eso no representa necesariamente inclusión educativa. En muchos casos puede convertirse en una forma silenciosa de rezago acumulado. Porque el aprendizaje no desaparece por decreto. Las diferencias terminan apareciendo tarde o temprano. El estudiante que no desarrolló bases sólidas en primaria enfrentará enormes dificultades en secundaria, en educación media superior y posteriormente en el ámbito laboral o universitario.
Y las consecuencias no afectan igual a todos. Las familias con mayores recursos suelen contar con mecanismos para compensar las deficiencias escolares: tutorías privadas, acompañamiento académico, clases extracurriculares, acceso tecnológico y escuelas con más infraestructura. Pero en las comunidades rurales, indígenas o marginadas, la escuela pública muchas veces representa la única posibilidad real de movilidad social. Por eso existe una preocupación legítima: si el sistema reduce demasiado los niveles de exigencia, quienes terminarán más perjudicados serán precisamente los sectores más vulnerables. La brecha entre estudiantes urbanos y rurales, entre educación pública y privada, o entre contextos favorecidos y desfavorecidos podría ampliarse todavía más. Mientras algunos alumnos avanzan respaldados por múltiples apoyos externos, otros podrían seguir acumulando grados escolares con menos herramientas reales de aprendizaje, menos hábitos de estudio, menor disciplina académica y menor preparación para enfrentar desafíos futuros.
Nadie propone tener una educación basada únicamente en castigos o reprobación automática. Pero tampoco puede ignorarse que toda escuela necesita cierto nivel de rigor, estructura y exigencia para cumplir su función formativa. El reto no consiste en hacer más fácil la escuela, sino en hacerla más justa sin renunciar al aprendizaje. Porque una educación verdaderamente incluyente no es aquella donde todos avanzan de grado sin importar sus resultados, sino aquella capaz de garantizar que todos aprendan, especialmente quienes más necesitan de la escuela para transformar su realidad.
Las de chile seco
La educación deja de ser justicia cuando se avanza sin aprender.
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