Ráfagas: Pachuca, otra vez sin agua
PACHUCA, Hgo., 16 de noviembre de 2025.- Durante décadas, enseñar ha significado, compartir, transmitir conocimiento. El maestro habla, el alumno escucha y participa; discute, y el libro dicta en muchas ocasiones, el orden del saber. Pero esa arquitectura se ha venido diluyendo, sin aviso. Hoy frente a nosotros está la Generación Z: jóvenes nacidos entre finales de los noventa e inicios del siglo XXI, jóvenes que piensan en video, sienten en memes y se organizan en la red.
La escuela, para ellos, ya no es el principal referente. La información llega antes de la campana, desde la pantalla. Las redes son su lengua materna: ahí debaten, se informan, se duelen y se movilizan. La autoridad se desplazó del pizarrón al algoritmo, y el aula; si no cambia, corre el riesgo de volverse invisible.
Los Z viven en la hiperconexión. Reciben miles de estímulos al día, comparan, filtran, desechan. Su atención salta entre pantallas como si el mundo fueran solos videos cortos. Muchos adultos interpretan eso como apatía, pero en realidad es fatiga emocional y cognitiva. No es que no les interese aprender, sino que no soportan aprender sin sentido. No son indiferentes: están saturados. Y en esa saturación buscan algo que los ancle, que les devuelva el control de su propio relato.
Esta generación no cree en las instituciones, pero sí en las causas. Su brújula ética apunta a la coherencia, no al discurso.
Cancelan a quien traiciona la causa, Siguen a quien actúa con verdad, no con autoridad. Creen en la visibilidad como forma de justicia: lo que no se muestra, no existe.
Movimientos como #NiUnaMenos, #LaCalleEsNuestra o #JusticiaParaDebanhi no nacieron en partidos ni universidades: surgieron en pantallas sostenidas por adolescentes que transformaron el duelo en acción colectiva. No es rebeldía vacía: es empatía organizada.
Educar a esta generación no es tarea de resistencia, sino de reinvención. Quizá nos falta escuchar más, antes que hablar. El maestro no va al frente, sino, es un acompañante que guía y se deja guiar. Es el momento de poner en práctica de forma sostenida el de enseñar a aprender. En un mundo donde la información caduca en días, la verdadera competencia es aprender, desaprender y reaprender. Revalorizar el error. En redes todo parece perfecto; en la vida, no. El aula debe ser refugio frente a la cultura del “like”, donde equivocarse sea parte del proceso. Educar para la incertidumbre. No se trata de dar certezas, sino de ofrecer brújulas. Proyectos interdisciplinarios, pensamiento crítico, colaboración real: el aprendizaje como ensayo de la vida. Cuidar la mente y el cuerpo. La ansiedad, la comparación y la soledad los atraviesan. Educar también es enseñar a cuidar la mente: respirar, desconectarse, dormir, compartir.
Cultivar lo humano. En la era de la inteligencia artificial, lo único que no se automatiza es la empatía, la creatividad, la escucha. Las máquinas calculan; los humanos comprendemos.
Si el algoritmo impone la velocidad, la escuela debe enseñar el ritmo. Si las redes ofrecen ruido, la escuela debe ofrecer silencio y pensamiento. Educar hoy es un acto político: formar seres críticos, emocionalmente lúcidos, capaces de entender cómo funcionan las tecnologías que moldean su mente.
El aula debe ser una comunidad de sentido, no un museo de contenidos. Un espacio donde el aprendizaje se conecte con la realidad y con la esperanza.
Y quizá todo cobró sentido el día que mi hija tan parecida a millones de jóvenes Z, vio una noticia en su celular y sus ojos se llenaron de tristeza. No era una historia ficticia: era una chica desaparecida, casi de su edad. Ese día entendí que el algoritmo no solo distrae: también puede abrir los ojos. En medio del ruido, algo la había tocado. Educar a la Generación Z es eso: acompañar su mirada cuando el brillo del entretenimiento se apaga y aparece el mundo real. No se trata de enseñarles cómo era “antes”, sino de aprender con ellos, cómo puede ser “después”. Educar hoy, no es resistir: es humanizar lo digital.
Las del chile seco
Mientras a unos las pantallas los mueven, otros solo agachan más el cuello.
Las opiniones y conclusiones expresadas en el artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición de Quadratín.