Este 11 y 12 de septiembre se conmemoran los 50 años de la realización del festival «Rock y ruedas de Avándaro», en donde se presentaron 18 bandas de rock mexicano que convocaron a los jóvenes; quienes en ese mismo año habían sido perseguidos, violentados vejados en el denominado «halconazo» el 10 de junio de 1971.

En 1968 el movimiento estudiantil hizo ver las necesidades que atravesaba la juventud, la falta de acceso a los derechos fundamentales, inaccesibilidad a la justicia y un infinito catálogo de aberraciones manipuladoras para engendrar desigualdad.

El estado persiguió a los jóvenes los etiquetó, estigmatizó, inhibió el desarrollo de las manifestaciones artísticas y culturales, bloqueó a los que participaron en el festival de Avándaro, con miedo el gobierno de la República se dio cuenta de la gran convocatoria que tenían, el liderazgo de las voces entre las que creadores mexicanos fueron contados, señalados y perseguidos.

De cerca he conocido parte de la historia desde la óptica de el artista estelar de ese encuentro Ricardo Ochoa (Peace and love), lo que he visto con los años de conocerlo es que ni él mide lo que dejó ese encuentro, la vocación histórica del rock como un elemento contestatario de la historia.

La transmisión en radio fue irrumpida cuando un funcionario escuchó una “mentada de madre» para incentivar a la multitud a participar, parte de alegorías que hoy son normales, hasta en eso fue vanguardista Ricardo Ochoa.

Lo doloroso es que a estos 50 años no hay un solo reconocimiento del Estado digno de mención, en este gobierno tendría que ser elemental pues si hablamos de víctimas la comunidad de artistas, músicos, compositores del rock vivieron y padecieron el poder del Estado en plenitud antidemocrática.

Se ha reconocido a los líderes del movimiento estudiantil, pero poco se ha dicho sobre los estragos que dejó el tan convocado Festival de Avándaro en las fuentes de empleo, vida nocturna, veto televisivo, sobre los procesos de reinserción creativa para los protagonistas de la historia que nunca se dieron.

La falta de empatía y justicia social no debe bajo ninguna condición politizarse, pero es una oportunidad valiosa, única que se está dejando pasar para los actores hoy, desde las comisiones de cultura, congreso del Estado de México, Secretaría de Cultura, Gobernación, Sistema Público de Radiodifusión (SPR), CNDH, Canal 11, Canal 22, IMER, sociedades de gestión colectiva, Secretaría de Economía, sindicatos, todos están pasmados.

El valor económico, cultural, social y político que dejó dicho Festival debe garantizar el acceso y derecho a la cultura, debe de partirse desde este acto tan emblemático para reconocer las debilidades del Estado, de los actores, liderazgos de la administración y representación de las industrias creativas, pues a 50 años se ve muy lejana se logren permear estos derechos humanos.

Si como sociedad dejamos de reconocer estos hechos históricos estamos condenados a repetir el desprecio, desinterés de los actores políticos, pero sobre todo la represión creativa, intelectual, la depresión social de las masas ante la insatisfacción y falta de acceso a sus derechos y necesidades creativas, humanas.

Condenamos a las siguientes generaciones a abandonar sueños, a conformarse a ser consumistas de productos internacionales, a dejar de ser protagonistas de la comunidad artística universal.

Mi solidaridad a todos los que aún viven, que vivieron el famoso festival «Rock y ruedas de Avándaro» como protagonistas, cantando, bailando, expresando la unión, la paz, la hermandad, caminando kilómetros ante la falta de transporte, a recibir alimentos del ejército desde los aires, de haber colapsado a municipios circundantes, a sus autoridades.

Viva el rock, viva Avándaro, viva México.

Carlos Arturo Martínez Negrete es productor musical, investigador sobre la preservación del patrimonio cultural, derechos humanos y culturales, conocido también como Carlos Lima 🐦@charlylima