Filosofía sin escrúpulos
PACHUCA, Hgo., 4 de agosto de 2026.- En la plástica mexicana, el muralismo es una de las corrientes más importantes que ha trascendido el ámbito nacional para colocarse como una aportación de nuestro país al arte universal.
En Hidalgo tenemos representantes del muralismo con amplia trayectoria y aportaciones a la plástica en técnicas, movimiento, color, significado y lenguaje, como José Hernández Delgadillo (Tepeapulco 1927-Ciudad de México 2000) y Byron Gálvez (Mixquiahuala 1941-Ciudad de México 2009), así como actualmente, un grupo de jóvenes -mujeres y hombres- con una tendencia a incursionar en ello.
El muralismo surge en México como una expresión artística con un significado político, ideológico y pedagógico, aunque no hegemónico, cada pintor y pintora plasmaron de diferentes maneras su visión sobre un país que había tenido una revolución liberadora, se desarticuló una dictadura que lo había mantenido en la pobreza y la ignorancia, y se pretendía avanzar hacia el desarrollo económico, social y cultural, lo cual, ellos y ellas, fueron plasmando en los muros.
La plástica tenía su propio discurso y queriendo o sin querer contribuyó a dotar de significados y significantes a la pertenencia e identidad de lo mexicano, de lo nacional.
Desde finales del Siglo XIX y principios del XX, una generación de artistas ya se estaba formando en diferentes escuelas, algunos en la Ciudad de México y en algunas capitales como Guadalajara, otros pasaron los episodios revolucionarios de 1910 a 1919 o 1920, formándose y estudiando en Europa o en Estados Unidos, y fue esa generación que en la postrevolución despuntó generando el movimiento muralista.
Se afirma que fue Gerardo Murillo, conocido como Dr. Atl, el primero en plantear el muralismo, pues desde antes de que iniciara la gesta revolucionaria tenía la intención de gestionar muros de las instituciones públicas para dedicarlos a la pintura, proyecto que fue frustrado antes de iniciar. No obstante, logró plasmar algunas pinturas en el Templo de San Pedro y San Pablo, que posteriormente fueron borradas por la burocracia de la educación por contener figuras desnudas.
El primero en pintar un muro ya con la anuencia del Secretario de Educación Pública nombrado por Álvaro Obregón fue Roberto Montenegro en 1921, en el entonces edificio del Templo de San Pedro y San Pablo, hoy Museo de las Constituciones en la Ciudad de México, su obra es “El árbol de la vida”.
Después del ex Templo de San Pedro y San Pablo, se intervino el antiguo Colegio de San Ildefonso, entre 1921 y 1922; espacio que en ese momento era la sede de la Escuela Nacional Preparatoria de la Universidad Nacional de México fue Diego Rivera el segundo en pintar en el muro del Anfiteatro Simón Bolivar de San Ildefonso, su obra “La creación”. Ahí aparecerán también Jean Charlot, Fermín Revueltas, Ramón Alva de la Canal, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros y Fernando Leal, quienes realizaron también sus murales al interior del inmueble. Dejando ahí cada quien su visión del pasado, del presente y el futuro.
El siguiente inmueble intervenido fue la sede de la Secretaría de Educación Pública, desde donde despachaba su secretario, el abogado y político, José Vasconcelos, ahí pintaron Jean Charlot, Amado de la Cueva, Roberto Montenegro y Diego Rivera, donde Rivera se apropió de muchos más metros cuadrados de muros respecto de los otros artistas, lo que le valió la publicación de un pasquín crítico por parte de David Alfaro Siquerios; posteriormente, el espacio también fue intervenido por Siqueiros y por el zacatecano, Manuel Felguérez.
Los hombres no fueron los únicos protagonistas de la corriente muralista, no sin obstáculos generados por sus mismos compañeros, mujeres como Aurora Reyes, nacida en Hidalgo del Parral, Chihuahua, autora de “Atentado a las maestras rurales”, incursiona con fuerza a partir de los años treinta del Siglo XX.
Es de destacar que esta primera generación de muralistas tenía muy claro que para salir de los círculos elitistas y academicistas, y llevar el arte al pueblo era primordial invocar al arte monumental público, no en balde se ha señalado a esta corriente como la hacedora de una revolución paralela por medio de la pintura.
Se seguirá hablando, analizando y teorizando la aportación del muralismo a la plástica mexicana, así como su evolución durante todo el siglo pasado; no obstante, es una tarea necesaria analizar la propuesta actual del muralismo que se está produciendo en muchos espacios rurales y urbanos del país.
Nos llevamos de tarea, ¿serán, personajes como José Hernández Delgadillo y Byron Gálvez, la segunda generación del muralismo mexicano como alguna vez lo afirmó el investigador y crítico de árte, Alberto Híjar?
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