Ayotzinapa entre sombras: La deuda de AMLO
PACHUCA, Hgo., 22 de septiembre de 2026.- Mientras muchos artistas plásticos en las décadas de los años sesenta, setenta y ochenta del siglo pasado, a través de distintas técnicas, continuaban representando en sus obras elementos que le dieran significado a lo mexicano, pero ya desde una perspectiva de lo que el poder deseaba mostrar al extranjero con una intención de atracción turística y comercial, Hernández Delgadillo se introdujo en un periodo de expresionismo abstracto, produce en diálogo con sus pares contemporáneos, en México, Paris y Estados Unidos.
A través de su plástica concentra y transmite fuertes emociones de lo que vive el pueblo mexicano en esa etapa, explora con materiales y técnicas, retoma tinturas vegetales y otros elementos de la naturaleza, experimenta también con diferentes materiales, soportes, pinturas a base de derivados sintéticos, toma un curso de grabado en Bellas Artes, se introduce en la escultura y el grabado.
A la manera de la llamada primera generación del muralismo mexicano -particularmente el de Diego Rivera, Rina Lazo, Orozco y Montenegro-, Hernández Delgadillo dividió en secciones el mural que se encuentra a un costado del monumento a los maestros para representar la historia y las luchas del pueblo hidalguense, pero también sus contradicciones.
En “Lucha y contradicciones en Hidalgo”, de izquierda a derecha se encuentra la figura de un hombre delineado en tonos rojos, sostiene un fusil, su rostro muestra elementos prehispánicos, hay elementos industriales, abajo el pueblo, mujeres y hombres pobres de la tierra, brazos extendidos y machetes, símbolos de las luchas mexicanas y, el símbolo obrero por antonomasia, los trabajadores de las minas. Las escenas están representadas en los colores más simbólicos del arte nacional desde las pinturas y murales prehispánicos: el azul, el rojo, amarillo y del gris al negro.
Es deseable que se rescaten los murales de José Hernández Delgadillo que se encuentran en dos muros en la Ciudad de Pachuca, tal como el magno esfuerzo que, en su momento, coordinó el Estado Mexicano para recuperar el mural “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central” de Diego Rivera, después de la destrucción del Hotel Del Prado por el Sismo de 1985, y el rescate de los murales de Roberto Montenegro con la técnica del strappo de los muros del antiguo Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo y del extinto Banco de Comercio, ambos en el Centro Histórico de la Ciudad de México, así como “La Piedad en el desierto” de Manuel Rodríguez Lozano la cual fue traslada del antiguo Palacio de Lecumberri al Palacio de Bellas Artes, una técnica que consiste en separar una pintura mural de su soporte original y trasladarla a un lienzo para poder ser exhibida en óptimas condiciones.
El hecho de que un grupo social grafitee o vandalice una obra artística de la importancia de un Hernández Delgadillo, no sólo es responsabilidad del grafitero o de quien no tiene ningún reparo en destruir un lugar público, es también responsabilidad de las instituciones que, por ley, deben resguardar los patrimonios, que no actúan en consecuencia por no ser sensibles para destacar la importancia del arte en el desarrollo de los pueblos, ya sea porque no logran aquilatar la importancia de la obra o, en última instancia, por ignorancia, la misma con la que obra quien destruye.
José Hernández Delgadillo fue un hombre de su tiempo, un revolucionario del arte y de la vida cotidiana; por un lado, su constante preparación y su desarrollo personal como artista en las escuelas de pintura de mayor prestigio, mantuvo un diálogo constante con las vanguardias del siglo veinte, tanto en América Latina, Europa y América del Norte y, por otro lado, su trabajo creativo al servicio permanentemente de las luchas populares de su tiempo.
A finales del Siglo XX, mientras el individualismo neoliberal ascendía en la mentalidad de las masas en todos los órdenes de la vida social, Delgadillo llamaba a la colectividad en el arte para acompañar a los trabajadores en sus luchas; mientras se vendía una solo visión del mundo, él llamaba a la comunalidad, a la pluralidad de la organización y la cultura.
Murió en su casa de la Ciudad de México el 26 de diciembre del año 2000.
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